viernes, 15 de febrero de 2013

UN LOCO AL NORTE DEL CABO SIM


 El viento del poniente peina la arena de Essaouira en Mogador. Y zarandea a un hombre destrozado que fue un día un pescador. Tiene negra la piel, la chilaba y el corazón.

Porque un día algo en su vida de negro se lo tiñó. Y el hambre no deja de roer las entrañas. Por algo que comer.

Hombre hambriento y prematuramente viejo con chilaba añeja y raída. Gorro de lana y barbas de chivo, surcos esculpidos en el rostro y mugre como compañera de viaje. La mirada clavada en un lugar perdido. Para engañar el vientre suele meter la mano en los platos de los que comen en las terrazas de las cantinas. Un puñado, una patada en el culo. Una humillación más a cambio de otro bocado que llevarse a la boca. La mendicidad infantil se está convirtiendo en una desesperante competencia para él. Los chiquillos revoletean por todas las calles del centro pidiendo alguna limosna.

No hay nada más humano que luchar por vencer la propia suerte, excepto saberse vulnerable frente al sino. No hay puerto sin hombres ni hay hombres sin destino. No hay hierro son óxido ni estomago sin vacio.

Cuando las desvencijadas barcazas despintadas llegan con el pescado, el arcaico puerto se convierte en un hervidero: el séquito de gaviotas que anuncia con sus risas el trajín de la descarga, la pelea por los precios en la lonja, los curiosos que se acercan para mirar y las familias que esperan para llevarse el pescado y descansar…. Descansar tranquilos un día más porque hoy tampoco fue el último y la mar ha sido buena con la vida de los marineros. En el muelle, encima de algún montón de redes, más de uno, derrotado por el trabajo, duerme bajo el fuerte sol desnucado en una postura imposible. El océano y la madrugada les ponen a dormir por la mañana, como si acumulasen cierto retardo en el tiempo de los demás hombres.

En el agua flotan plumas, plásticos y desperdicios del pescado que las mujeres limpian en la rampa, mezclados con el gasoil derramado por los veteranos barcos de rancios motores.

Los excrementos de gaviota tapizan con su ácido manto las rocas, la muralla, los antiguos cañones y el suelo de la villa. El hedor lo penetra todo pero no sorprende a nadie.

No hay niño sin sonrisa ni sonrisa sin niño. Ni mendigo sin calle, ni calle sin un mendigo. A todos se les va atrofiando el músculo risorio. El tiempo curte la piel tanto como la inocencia. Los que fueron expulsados de la dura mar a la tierra, ocupan su parcela en la que extender su minusvalía, su vejara o su miseria. Y el aire no deja de morder. Con salitre todo lo pudre bien: los hierros, las madreas, las rocas y los huesos. Engrasa la cara, apelmaza el pelo, las palabras y los sentimientos, enturbia las miradas. Desdibuja el paisaje. Confunde a las personas. Oculta la realidad y la transparencia de las almas
.
Nuestro hombre recuerda aquellos otros días:
Seis horas pasaba como seis minutos. Metido en el camarote era de noche y no lo sabía. La luz de la luna llena entraba por el ojo de buey y atravesaba la trama del trapo que hacía de cortina. Se colaba por las rendijas. Las sombras azuladas se movían con el vaivén de las olas. Poco color. Las cosas tenían poco color, poco calor y todos se habían acostumbrado a su olor.
Se acabó el descanso. ¡A faenar!

En aquella época todavía le dejaban entrar en los bares del pueblo. Era incluso respetado. Solía hablar con cierta grandilocuencia y los parroquianos le escuchaban con atención:
-Somos agua. El ritual del té en la mañana. El caldo de pescado del mediodía. La permanente faena a remojo. Somos agua por dentro y por fuera. Millones de moléculas de agua que quieren expandirse, separadas del cosmos por una fina capa de piel. Cada ola que salpica, sube a bordo, nos baña y vuelve al mar se lleva algo de nosotros con ella.

La vida en la mar era muy intensa. Los días fuera de casa eran muchos. El hábito y la normalidad hicieron que con el paso de los años no se hicieran tan largos. Conoció mujeres, tuvo más hijos de los que supo y aprendió de culturas extrañas. Añoró su cuna, su familia, su cuadrilla…. Pero a medida que la mar se apoderaba de su vida, el desarraigo crecía dentro de él.
A bordo, tenía tiempo para confesar a sus compañeros.

-Muero por dentro en tierra. Algo vital se detiene.

Lo decía porque había comprendido que el universo nos muestra el ritmo que domina todo: la mar, la marea, el horizonte omnipresente que estimula nuestras posibilidades de existir más allá, las fases lunares, el espacio sideral y sus estrellas, la fugaz y leve espuma… Todo está envuelto por el mismo ritmo. Los sonidos, los colores….Incluso la gama cromáticas se reparte ordenadamente, atendiendo a minuciosas configuraciones estacionales, climáticas, horarios o a las leyes de la perspectiva. Siempre es igual, aquí y allá. Todo es cíclico y todo fluye. Todo se mueve y todo se repite. Aprendió a observar y a vivir con y de ese ritmo cósmico.

Mientras, en tierra firme, todo permanece estático, dominado por la cultura de hombres ciegos a las leyes de la naturaleza, que se empeñaron en dominar el mundo a golpes de racionalidad. Creyeron que ignorando el ritmo de las cosas podrían imponer el suyo propio, con relojes, con calendarios, con horarios, con impotente conocimiento científico como única forma de pensamiento válida.

Nuestro hombre, en la mar había recuperado la unidad de los sentidos. Con ella, percibía el ser en la totalidad, superando la formalidad de la analítica y de la construcción de la realidad en base a objetos. Sabía que era más, Era miembro de un ente holístico. Un ser trivial a la merced de las aguas, pero una nota más en el inmenso ritmo de la naturaleza. Cada puesta de sol en el infinito del horizonte le hacía sentirse por un instante eterno.

Varias veces se había enrolado en el mismo mercante. Había pasado demasiadas campañas y suficientes galernas cuando un día llegó a un puerto lejano del sur donde el barco hacía escala. Ya había descubierto que tenía superado el miedo a morir. Todo empezó en una taberna, rodeado de lobos de mar. Se sentó solo en una mesa del rincón más oscuro, tiniebla por el denso humo de las pipas.

Una mujer joven se acercó y pidió permiso para sentarse. “No soy prostituta”, dijo tratando de no molestar. Desde la barra su chulo la vigilaba. Nuestro hombre expuso:
-Hay dos clases de personas:-entonces, hizo una pausa buscando descaradamente la mirada de la mujer a cuál de las dos pertenecía ella- Las que creen que nuestro planeta es un trozo redondo de tierra cubierta en parte de agua y las que saben que nuestro planeta es una esfera de agua con algunas partes de tierra.

La mujer se quedó descolocada por la reflexión. Esperaba la típica conversación sobre el nombre de cada uno, el estado civil y las ganas de irse pronto juntos a la cama. Sintió confusión, atracción y curiosidad. Hablaron un rato y comprendió que le quería conocer de verdad. Su simpatía y falta de barreras en el trato le hacía creer que ya le conociese de antes.

La rutina de alquilar su cuerpo le aletargaba. Solo en momentos como ése, cuando encontraba un personaje diferente al resto de extranjeros borrachos que solían parar por allí, veía un destello, la pequeña luz que dejaba adivinar una vida más allá del tedio carnal.

Después de unas cuantas consumiciones, ambos salieron juntos. La mujer disponía de una habitación en otro edificio de la misma calle. El hombre de la barra salió tras ellos. Luego se quedó en el portal, mientras la improvisada pareja subía las escaleras.

“Pasa y ponte cómodo”. Después de esas palabras tuvo lugar una extraordinaria relación sexual, en la que los dos cuerpos se hicieron una sola carne y un mismo respirar. Nunca ninguno de los dos había sentido nada semejante con otro nadie. Juntos se habían reencontrado a sí mismos. Se habían realizado como seres humanos y el sexo trascendió la carne para alcanzar cotas más elevadas, hasta un nivel de consciencia superior. Al finalizar, él sacó su cartera y ella insistió en que invitabas la casa. Agradecimiento recíproco.

Antes de volver a la calle se despidieron. Le contó que aquella era la casa de su madre, que había muerto de sífilis, y que el hombre que la seguía todo el rato era su hermano. Tenían más hermanas y otro hermano. Todos se dedicaban al oficio familiar.

Cuando la mujer joven salió del portal, nuestro hombre ya caminaba lejos calle abajo. El hermano exigió el dinero. Ella le negó que lo tuviese. El ruido de la pelea que tuvo lugar a continuación hizo detenerse al marino para volver la vista atrás. Volvió apresurado tras sus pasos para defender a la mujer.

Lo último que podía recordar después fue que golpeó con todas sus fuerzas al proxeneta, intentando salvar a aquella pobre chica que le había hecho sentirse tan especial. Le dio un puñetazo que le hizo caer de espaldas, golpeándose fatalmente la cabeza con el bordillo de la acera. Una hemorragia enmarcó en el suelo la silueta de su cuerpo inerte y todavía caliente. De su mano se desprendió un monedero abierto, el mismo con el que reclamaba el dinero a su hermana. Algunas monedas pequeñas salieron desparramadas. Y una foto.

“En la foto la reconocí enseguida. Si, no había duda. Era ella. No era la misma foto que me acompañaba a mi desde hacía dos décadas. Pero era la misma mujer, ¿Cómo podía tenerla este tipo? Era ella, no había duda. La había mirado tantas veces en la soledad del barco, recordando la mejor compañera de cama que en mi vida de marino pude encontrar… hasta ese día. Estaba un poco más mayor, pero sus ojos no habían cambiado. La misma expresión de entrega y dulzura. En el revés de la foto encontré la solución. Escritas con una caligrafía temblorosa, estaban estas palabras: Tu madre que te querrá siempre”.

Nuestro hombre salió corriendo hacia el puerto. Subió a su barco. Y enloqueció para siempre. Dicen que solo repetía una y otra vez:”Lo  último que conoce el pez es el agua; Lo último que conoce el pez es el agua….”.
Un hombre destrozado que fue un día un pescador.

AUTOR DEL RELATO: Pablo Rodríguez Aguirresarobe


jueves, 27 de diciembre de 2012

LA SOLEDAD DEL MARINO



  Tarde perezosa en la Playa de Almenara. A una mañana ociosa siguió una pantagruélica comida y, tras ella, la consecuente siesta. Subí a mi camarote y me tumbé en la cama, sobre la suave colcha de verano. A través de la ventana abierta llegaba el rumor de las olas batiendo en la playa,  y la brisa marina hacía ondular caprichosamente las largas cortinas de lino beige, a través de las cuales se filtraba la luminosidad del mediodía mediterráneo. Junto a la ventana tengo uno de esos colgantes que tintinean con el movimiento; con la brisa, los pequeños delfines metálicos que penden de sus hilos campanean con delicadeza. Es un recuerdo que traje de... de algún puerto del Mediterráneo oriental, aunque no recuerdo ya cual. Quizás fuera Tesalónica, o Suda. O tal vez Antalya, o Limassol.

    Me sentí placenteramente a gusto tumbado, suspendido en ese impreciso estado de duermevela, a punto de dejarme llevar desde el viejo Mediterráneo al fascinante mundo de los sueños.

    Pero los cumulonimbus que se arremolinaban a mediodía al Norte descargaron los previsibles chubascos que me despertaron de la siesta; algunas gotitas atrevidas mojaron mis pies, próximos a la ventana, y me recordaron al Juan Sin Miedo del cuento de los Hermanos Grimm.

    Me  estiré, desperezándome, y me dejé llevar por los pensamientos. La anterior claridad de la estancia había dado paso a la penumbra de los nubarrones. Las gotitas repiqueteaban afuera, aún se oía el sordo rumor de la Mar en su incesante vaivén. Por lo demás, silencio. Silencio y soledad.

Y allí, en mi inmóvil camarote de tierra, la soledad del marino se cernió una vez más sobre mí.

    Es creencia común entre la gente de tierra que la llamada soledad del marino es un fantasma que acecha en los barcos que surcan mares y océanos. Pero es en tierra donde este fantasma se deja sentir con más intensidad, causando estragos en hombres curtidos y arrastrando a tantos pobres diablos a la bebida. Los marinos pasan, pasamos, más tiempo en la Mar que en tierra. Mucho más. Largos meses separados de nuestros ambientes, de nuestras familias, de nuestros hogares. Durante las campañas, o mareas, los compañeros de tripulación se convierten también en familia. Y, como en todas las familias, no siempre bien avenidos; pero ése es otro cantar. Juntos arrostramos las vicisitudes de la vida marinera, los rigores de la Mar, los peligros del día a día. Viviendo a menudo con la sombra del naufragio planeando sobre nuestras cabezas, padeciendo inclemencias meteorológicas que van de los fríos polares a los calores tropicales. Capeando temporales con el corazón en un puño y la incertidumbre propia de tales lances, que acaba por desarrollar en los marinos ese fatalismo tan característico como peculiar.

    Sin embargo, a pesar del compañerismo y de los fuertes lazos de amistad que se forjan en la Mar, vivimos a bordo sometidos a una jerarquía clara y definida. Aquello que yo tiendo a llamar despotismo naval, que es además, a mi juicio, el más acertado de los sistemas de gobierno y el único que lleva funcionando ininterrumpidamente desde los albores de los tiempos; desde los tiempos de Ulises, el navegante primigenio, que ya surcaba el Mediterráneo ocho siglos antes de Cristo, hasta el día de hoy. Pero sea cual sea el cargo del tripulante, todos sufrimos las incomodidades de la vida a bordo, los azares y peligros de la Mar, la lejanía del hogar y la soledad. 
 
No obstante es en tierra, como decía al principio, donde el sentimiento de soledad arrecia. Cuando llega el día de embarcar saltamos a bordo con el petate al hombro y navegamos una cantidad variable de meses, meses durante los cuales la vida en tierra continúa sin nosotros. Al regresar nos encontramos cambios, y apenas da tiempo a acoplarse a ellos durante las vacaciones cuando llega el momento de volver a hacerse a la Mar. Y así, sucesivamente. Pasa el tiempo y la vida en tierra va cambiando. Unos que vienen, otros que se van. Amigos que ya no están, otros que cambiaron de grupo, o de vida, o de ciudad. Gente nueva y desconocida en la pandilla, si la conservas. Nuevas tramas en el culebrón de la vida a las que permanecías ajeno en la distancia, y en las que no acabas de integrarte por la larga ausencia. Ya nada es igual que cuando te marchaste, y el pasado no volverá. Las mujeres o novias a menudo buscan consuelo, fogosidad o ardor en otros brazos; aunque ellas, prudentes  e inteligentes, lo hacen con mucha más sutileza que los hombres. Los hijos crecen sin apenas conocer a sus padres. En ocasiones llegan a olvidarlos. No puedo evitar conmoverme al recordar aquella frase que espetó el hijo mayor de un capitán, el mayor de nueve hermanos que se había erigido, a pesar de ser apenas un adolescente, en la figura masculina del hogar, a su padre cuando éste regresó del barco en una ocasión: -”¡Tú vete a mandar al barco!”-.

    De tal modo uno acaba por sentirse un verdadero extraño, ajeno en su propia casa, desarraigado en su propio mundo, enfrentado a los fantasmas que surgen de los insondables abismos de la soledad. Y así, entre Escila y Caribdis, en ocasiones se descubre uno deseando volver a bordo, a ese mundo que conoce, ordenado y metódico, con otros hombres de su especie y condición. Como alguien escribió en una ocasión, creo que don Arturo Pérez-Reverte, “la Mar da más olvido que la muerte, nada de tierra adentro le sobrevive. Es el analgésico perfecto.” Y cada cual capea como puede; se cae entonces en los típicos tópicos tan manidos por todos, desde escritores de secano hasta contramaestres de muralla, tan veraces en unas ocasiones como injustos en otras. No es infrecuente que el marino, atenazado por su soledad, busque refugio en los brazos de queridas o entre las piernas de mujerzuelas de dudosa reputación, o se consuele buscando el olvido en la bebida. El olvido de lo que dejó atrás, o de lo que pueda estar por venir. Actitudes censuradas por la gente de secano, tan humana y tan hipócrita, ajena en su ignorancia a este mundo salado de soledad tan vasta como el inmenso océano. Pero es cada palo el que aguanta su vela, y cada uno trenza sus obenques y estays  a su particular manera para intentar mantener la cordura, la ilusión y las ganas; para, en definitiva, aguantar. Unos se entregan a los vicios mundanos, otros al despotismo, otros a la escritura. Y así vamos navegando, ora en bonanza, ora capeando, hasta que la inmisericorde Mar arroja a tierra nuestros despojos arrugados y envejecidos tras una vida de dedicación a ella.

  Sólo un puñado de verdaderos amigos permanecen ahí; amistades francas y leales, capaces de soportar la dura prueba del inexorable tiempo gobernado despiadadamente por Chronos.  Dice una vieja frase que “quien deja de ser amigo, nunca lo fue”. Afortunadamente hay amistades intensas, especiales, a las que ni el tiempo ni la distancia son capaces de hacer mella. Puedes regresar tras largos meses sin contacto y ser recibido con el mismo candor y cariño que si te hubieras despedido tras la cena de ayer. Me encuentro entre los afortunados que atesoran varias de ellas; pero no a todo el mundo le sonríe igual la voluble y cruel Fortuna.

    Pero incomparable es, en su alborozada ternura, el recibimiento que te brinda un perro, no en vano llamado ‘el mejor amigo del hombre’. Su cariño, su lealtad incondicional, su candor, enternecen al más bregado. Sus brincos descontrolados cuando te siente cerca tras meses de Mar y sus aullidos de alegría; el profundo e inmenso afecto que destilan sus ojos, profundos, nobles y leales, sus húmedos lengüetazos. Siempre me entendí mejor con los animales que con las personas.

    En cierta ocasión, no muy lejana, tras una campaña en la Mar desembarqué en puerto español. Lo hice con el capitán, marino veterano y avezado, de los de antes; un hombre de quien aprendí mucho a bordo no sólo del oficio, sino también del trato humano y psicología marinera. Condujimos hasta Levante, atravesando la península, y cuando recalamos en su hogar insistió para que entrara a descansar y merendar antes de proseguir mi camino. Conocí a su esposa, una verdadera dama y señora. Charlamos animadamente mientras tomamos un café y unas pastas, y culminamos la merienda con un whiskey él y ginebra con tónica yo. Aunque no exhibieron ante mí ninguna manifestación de amor o pasión exageradas, no escaparon a mi atención ciertos detalles de ternura: un leve roce, un cruce de miradas silenciosas, un gesto vago e impreciso. Mientras tomábamos los licores, la mujer posó con delicadeza su mano en el antebrazo de mi capitán, y percibí un leve apretón. Ese gesto me conmovió, en cierto modo. Tras un breve silencio no pude evitar exteriorizar mi pensamiento:
    -”¿Cómo se consigue?”- pregunté, dirigiéndome a ambos y a nadie en particular -”¿Cómo se mantiene una relación y una familia a través de tantos años de Mar y de separaciones con éxito? ¿Cómo se mantiene todo unido?”.

    El viejo sonrió taimado, observándome desde su sillón a través del humo de su cigarro. Su sonrisa destilaba paz y sabiduría. Años de vida. Dio una chupada a su cigarro y contestó despacio, espaciando las palabras, con serenidad infinita y aplomo:
    -”Hace falta una mujer muy dura... Dura y valiente, de otra madera. Una mujer muy especial. Hay muy pocas de esas”.

AUTOR DEL RELATO: Gonzalo M.Carrasco Lara. 

sábado, 22 de diciembre de 2012

FELICITACIÓN

Mercedes García Llano, una de aquellas participantes del concurso de relatos de allá del mes de mayo, os desea a todos los miembros, amigos, colaboradores y simpatizantes de la Asociación de Náufragos de la Mar una Feliz Navidad y también un Año Nuevo lleno, por lo menos, de ilusiones y fuerzas para poder llevarlas a cabo.
Un saludo cariñoso, a todos vosotros de los que guardo un recuerdo muy grato, por el respeto que me habéis ofrecido a mí y a mi relato. Sé que el mar, de alguna forma, sigue sigiloso, acercándonos. 
Gracias.
Mercedes nos ha enviado esta felicitación y hemos pensado que la mejor forma de hacerla llegar a todos es publicandola en nuestro blog.
Muchas gracias, Mercedes y nuestros mejores deseos para ti también.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

LA MANCA

Hoy “la manca”, sentada en un banco del muelle, cierra los ojos mientras el sol se posa sobre su curtida piel y visualiza la imagen de sus antepasados recibiendo aquellas traineras llenas de pescado.
 
Recuerda duros momentos vividos en ese mismo lugar; como cuando su madre supo que su querido esposo no volvería mas. Días de algarabía y fiesta en torno a la imagen de la virgen del Carmen. Cientos de escenas, de personas, de detalles que la hacen sonreír o entristecerse de igual manera. No obstante sigue recordando y, busca y rebusca más en su memoria, repasando con agrado desordenados pensamientos que asoman.
Ahora ya era mayor. La vida y las condiciones en las que trabajó desde niña, habían hecho mella y poco a poco minaron problemas de salud que solventaba como podía.
Sus huesos estaban resentidos y frágiles, “la manca” siempre fue una mujer trabajadora y fuerte y eso al final, se paga.
El apodo la venía dado por su bisabuelo; un pescador experimentado en la mar pero carente de artes de lucha lo cual, le hizo perder su mano izquierda en una reyerta.
Ese suceso le proporcionó el sobrenombre y Antonia, que así se llamaba pero, en escasas ocasiones, escuchaba su nombre en boca alguna, para todos y desde siempre fue “la manca”.
Los largos, húmedos y fríos inviernos del Cantábrico, habían calado en ella, y los años no pasaron en balde, la mujer fue perdiendo agilidad en sus manos, donde la imagen de unos dedos totalmente anómalos producto de la artrosis, no la permitían desarrollar su trabajo de redera con la misma agilidad y destreza que cuando era joven. Este trabajo desempeñado durante más de treinta años, había entumeciendo y deformado sus dedos. Además, su espalda dolorida por la posición adoptada tanto tiempo, acompañada de la humedad constante que la cercanía del mar proporcionaba, no permitió a “la manca” seguir sentada sobre el suelo soportando diariamente las pesadas redes sobre sus piernas en tal postura, que a medida que la jornada transcurría, encorvaba su columna. El gesto monótono y repetitivo de acercarse la red hasta sus manos y pasar la larga aguja con hilo entre las mallas de ambos extremos de la rotura, era un trabajo para el que muy a su pesar dejó de estar capacitada.
 
Pero esa dura faena, la proporcionó libertad. El salario era variable, ya que dependía del rendimiento pero, aún siendo escaso, sirvió para ir comiendo. El horario no estaba sujeto lo cual, la permitía desarrollar otras labores.
 
Tuvo que dejar de coser redes pero nunca de trabajar, y así de un día para otro “la manca” optó por la venta de pescado ambulante.
 
Cada mañana el mismo ritual. A las puertas de la Almotacenía, después de escoger el género, enroscaba su pañuelo haciendo con él una especie de almohadilla y le colocaba en lo alto de su cabeza; luego, cogía el carpancho del suelo con ambas manos y lo posaba en su rodilla derecha un instante mientras cambiaba la posición de sus manos; a continuación y de una sola vez, le subía a su cabeza dejando libres ambos brazos que “en jarras” colocaba sobre sus abultadas caderas. Soportaba aún con bravura el peso del pescado sobre su testa y recorría las calles de la ciudad ofreciendo a voz en grito su género: -¡Abajar, abajar….Lirios, sardinucas, bocartes, jargos ¡todo fresco!, ¡recién pescao! ¡Venga niñuca que lo tengo del día! - Repetía incesantemente con voz alta, cantarina y risueña mientras recorría los barrios de su ciudad. Así día tras día, enfundada en su falda azul añil de grandes bolsillo, el pañuelo en pico sobre los hombros y sus alpargatas negras, la mujer había conseguido sacar a sus hijos adelante ya que su marido, se embarcó años atrás en un pesquero que hizo escala en el puerto de Santander, y nunca más supo de él.
 
Lipe, su esposo, con la excusa de que el jornal que le ofrecían era tres veces mayor al que tenía en ese momento, le planteó un buen día a “la manca”, que iba a embarcarse. Antonia se quedó con cuatro chiquillos casi recién paríos–como ella solía decir-, pero la sobraban arrobas para tirar de ese carro, y nada ni nadie se la ponían por delante. Defendía lo suyo con bravura, dignidad y fuerza, todo ello a golpe de zapatilla y de puerta en puerta porque ella, además de redera y pescadera, durante mucho tiempo se dedicó al estraperlo. Los años difíciles de la posguerra, el incendio de la ciudad, el abandono de su marido y la escasez de recursos y alimentos, la obligaron a buscarse la vida más allá de esas ocupaciones mencionadas y durante un tiempo y a pesar de correr el riesgo de ser pillada; por las noches, se arrimaba a los barcos y se procuraba cualquier tipo de mercancía que pudiera ser vendible.
Para evitar que la gente se enterase, ya que era muy conocida en la capital, se subía a primera hora en un tren y se acercaba por los pueblos de la provincia donde ya era esperada. Solía vender sus productos a otras mujeres, y éstas a su vez, lo revendían en poblaciones aún más alejadas. Aquello no le llevaba mucho tiempo y la reportaba una parte importante de los ingresos que tenía. También la permitía disponer de alimentos que a modo de pago, le hacían en los pueblos, ya, que además de la mercancía propia para el estraperlo, “la manca” solía realizar algún que otro “mandao” en la ciudad, lo que los ganaderos y agricultores agradecían con todo tipo de productos; huevos, leche, carne, gallinas, tomates, verduras etc. De vuelta a la ciudad, la mujer trapicheaba de nuevo con ello y ofrecía aquellos géneros obtenidos por sus servicios, a sus vecinos del barrio dejándoselos a buen precio.

Una superviviente nata era “la manca”, su carácter forjado en parte a fuerza de palos que la vida la fue dando, la obligó a buscarse la vida de la mejor manera que sabía. Trabajando duro de la mañana a la noche, siete días a la semana. Ahora podía abrir los ojos y sonreír frente a su bahía porque, para ella la vida; su vida, había merecido la pena. 

Autora del relato:  CONCHI REVUELTA SAN JULIAN