domingo, 30 de septiembre de 2012

LAS ALMAS DEL MAR

 
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La lumbre del mechero se reflejaba en la barandilla del pesquero como un pequeño faro.

Había encendido el último cigarro después de la guardia, antes de irse a dormir con ese artilugio que perteneció a su abuelo, un encendedor de mecha resguardado de la humedad dentro de un condón, lo que provocaba no pocas bromas entre los compañeros, sin embargo a él, se la traía al pairo. Bien pensado, no era práctico, pero después de tantos años siguiendo las estrellas para guiarse cuando la tecnología fallaba, qué absurda lógica podía decidir si era más fiable su mecha que seguir la estela de una luz en el espacio, muerta ya hacía miles de años para llevarle a casa. Se rió para sí mismo, apoyado, confiado en los hierros que le separaban de las profundidades del mar.

Había sido una buena marea, oía el motor de la grúa que soltaba la última red antes de poner rumbo a tierra. La noche era oscura, el mar estaba en calma pues el viento no levantaba olas de más de medio metro. El cielo limpio reflejaba las constelaciones como pequeñas lentejuelas en un traje de luces. A lo lejos, a unas quince millas, se distinguía la costa, una sábana fantasmal muy lejos aún de esa paz cuyo olor a salitre, pesca y combustible él reconocía lo mismo que el olor del cuello de su hija o los besos de su mujer.

-Me voy al catre, Patrón- La voz le sacó de su ensimismamiento al tiempo que le hacía volverse. Era José, “el peque”, un chavalín de veintidós años. Ésta era su primera marea y si de él dependiera la última. Había sido un mal año para su casa, tras la muerte de su padre, su madre mariscadora de costa no podía con todo, así que le pidió ayuda para la casa con la mirada preñada de pena y desesperación. Le conocía desdes niño y tal vez por eso, le mataba a trabajar, intentando que el veneno de esa vida no se le metiera en las venas, haciendo que todo el romanticismo que pudiera soñar se evaporara con el dolor de sus huesos. Tenia buena mano para la mecánica, quizá eso le garantizara un futuro en tierra. Le sonrió de medio lado:- Ya has bregado bastante chaval-.

El otro desapareció rumbo a las literas, a donde él no tardaría en seguirle. Pepín le había remplazado en el puesto hacía un rato. Su cuerpo también estaba cansado, después de veinte años en eso a veces costaba seguir. Lanzó la colilla por la borda, dirigiéndose a su propia cama, asegurándose con el oído de que todo iba bien.

Volvió a preguntarse qué tenia aquella inmensa mancha de agua para ejercer la atracción necesaria en hombres como él, para aún jurando que no volverían, regresar a sus brazos como a los de una mujer hermosa y complaciente en sus favores y pérfida en su bravura.

De pronto, en medio del tramo de escaleras, lo que en ese momento era su mundo se puso del revés, literalmente. Todo giraba a su alrededor y el agua fría y brava la arrastraba como una serpiente gruesa y grotesca, mientras él a duras penas lograba ubicar en su cerebro aturdido, donde se encontraba la superficie en aquella oscuridad húmeda y vibrante que le empujaba hacía el fondo, donde se encontraba manoteando como un loco intentando deshacerse de las botas de agua y el pantalón fosforito que le convertían en una bolla pesada y a la deriva.

Su alrededor crujía, chirriaba y a lo lejos en sordina creía oír las voces de Pepín y a los compañeros de cubierta, pero todo era confuso. El agua le cubría obligándole a bucear luchando con objetos que no veía, al mismo tiempo que tomaba conciencia de la llegada de una estabilidad engañosa.

Y el relámpago de la lucidez le iluminó. El barco estaba quilla al sol, aún no sabía por que, pero si sabia que si quería salir de allí tendría que ser por debajo de la estructura. La calma llegó bruscamente, encontrándolo dentro de una bolsa de aire en la que cabía solamente su cabeza.

A oscuras y desorientado, boqueando a fondo intentando robar hasta la última molécula de aire, el agua le cubría rápidamente, respiró todo lo que pudo y se hundió. Había objetos chocando contra su cuerpo, los apartaba intentando palpar las paredes que sabía estaban allí, hasta que por fin encontró lo que buscaba. Con sus últimas fuerzas abrió el ojo de buey impulsándose a través de él con fieras patadas. Lo primero que vio en la oscuridad de la noche fueron los bajos del barco como una ballena moribunda y se apartó de ella por miedo a que le succionara en su inminente desaparición. El cuerpo le templaba incontroladamente, pero aún así no dejaba de contar los barriles que flotaban a su alrededor, agarrándolos con ansia. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, el barco ya no estaba. Seguía agarrado a los barriles llamando a quien pudiera oírle, encontrándose como respuesta sólo silencio.

No lograba asimilar que ninguno de sus tripulantes no contestara, pero no cesaba en su empeño de pronunciar sus nombres entre embates de olas que le obligaban a tragar, toser y tartamudear notablemente desde hacía un largo rato, sospechaba que debido al frío. El agua negra que inundaba su boca obstaculizaba su visión además de hacerle notar que iba en contra de lo que él buscaba: la costa.

Aún ignorante del tiempo que llevaba a la deriva, por su cabeza no pasó ni por un momento la película de su vida, no sabía si lo esperaba si quiera; lo que sí supo, no por él, sino por costumbre, por años de mirar las estrellas, trazar rumbos y guiarse por instintos es que su mente le secuestró obligándole a sobrevivir.

Hacía lo que podía, quería recordar lo que había sucedido. ¿Se habría enredado las redes en el fondo?. La rapidez del accidente le confirmaba lo imposible de haber podido pedir socorro o lanzar balizas, su única posibilidad residía en otro barco con el que hablaba cada pocas horas.

Eso era todo. Y para entonces él estaría en remojo otras tantas , con la sombra de la hipotermia como compañera. Tenía que moverse, o eso creía, aunque también sopesaba no muy cuerdamente el quedarse en posición fetal para guardar el calor. En ese momento no quería pensar en nada, en lo que dejaba en tierra o en lo que pudiera encontrar en ella y ridículamente pensó en el médico que le había puesto a dieta por el colesterol, y gracias a los kilos perdidos había salido por aquel mísero agujero. Se rió histéricamente, llorando por la sal en los ojos se dijo, al tiempo que notaba como los dedos se le agarrotaban impidiéndole saber si aún mantenía sujeta la cuerda del barril.

Miró al cielo, la luna había descrito un largo recorrido en el horizonte, se notaba abotargado y le faltaban fuerzas en las extremidades. La escasa ropa que llevaba puesta tiraba de él hacia abajo como un demonio reclamándole hasta el fondo. En un último esfuerzo, enroscó las cuerdas a su brazo casi cortándose la circulación, pero sin notarlo. Al fin y al cabo si moría ahogado o de frío su cuerpo quedaría flotando y entierra tendrían algo que enterrar; no quería tener por lápida sólo el recuerdo si podía evitarlo. Y el hecho es que no lo sabia.

Quiso cerrar su confusa mente a todo recuerdo, dolor o añoranza que no fuera ese instante, el chapoteo o el agua bañando su cara, pero como siempre alguna parte traidora le llenaba de olores, sabores y gozos que estimaba nunca volvería a oler, saborear o gozar. Respiraba a trompicones, con la única certeza de que le encontrarían muerto a la deriva, acompañando las almas que nunca olvidaría, el recuerdo lleno de alboroto, humo, bromas y mar, este mar.

Tenía sueño, luchaba contra él. “No te duermas” resonaba en algún lugar de su cabeza, pero era inútil. Flotaba con dulzura abandonada, el agua salpicaba a su alrededor como si hirviera y a lo lejos veía una luz. Se dejó hacer, no tenía fuerzas. Pensó !esto se acabo”, volvería con sus compañeros, estarían juntos de nuevo, él era su patrón, esa amalgama inconexa de pensamientos se hacía espesa en su cabeza. De pronto se nota flotar ¿es esto morir? Se pregunta. Pero una voz le grita:! Estas a salvo!

Calor, mucho calor, entreabre los ojos, se ve a sí mismo envuelto en plata, escucha lo que parece un rotor y siente muchas manos. !estas a salvo!- insiste la voz-!estas a salvo!

Lo oye en eco, lejos, muy lejos, al tiempo que una lágrima recorre su cara secada por alguien al instante, y él no puede dejar de sentir que !Sí! Su cuerpo ha sobrevivido, pero en cambio algo en su alma ha muerto para no resucitar, dormida en la eternidad, junto a ellos.

AUTORA DEL RELATO:
 LORENA NIETO RODRÍGUEZ


sábado, 15 de septiembre de 2012

EL REPENSAR DEL AGUA

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Había aprendido que nunca dos olas eran exactamente iguales.
Vienen de tan lejos que cada cual arrastra su propia historia, su
propio carácter.

En eso se parecía a las personas.

Cada día ella se acercaba hasta aquel lugar, a mirar el mar. En ese
sitio concreto, un penacho de roca entre los prados color verde
tamizado en niebla.

Apenas un acantilado, pocos metros por encima del nivel del agua.

Allí iba ella justo antes de ponerse el sol. A veces, si la tarde se
disfrazaba de nubes y la cara se te mojaba nada más salir de casa,
tapaba los hombros con un chubasquero marrón, poco llamativo,
y volvía a su sitio. Solo dejaba de hacerlo cuando realmente el
cielo discutía con el océano a gritos, y las gotas eran tan grandes
que parecían lágrimas de historias que aun nadie había contado
del todo.

Pero si eso no pasaba....la mujer acudía.

A veces el mar la calmaba, porque tenia el color verdoso de sus
ojos recién despertada, y entonces era como si una mano amable
se la metiera dentro y la meciese, poco a poco. Pero otras veces
no, otras veces el agua se disfrazaba del color de sus ojos cuando
tenia pesadillas, con un tono grisáceo feo y tristón, y entonces a
ella se le encogía un poquito el pecho, y tardaba horas en
recuperar la paz.

Hacía ya tiempo que había dejado de sentirse joven y ahora se le
asomaban arrugas alrededor de los ojos cuando pensaba
intensamente en algo. O cuando olvidaba todo y se acordaba de
sonreír. Y fingía, a veces, no saber desde cuándo iba cada día a
observar el horizonte a aquel lugar tan extraño, y entonces se le
ponían aun más arruguitas en el rostro, y estaba tan preciosa que
daban ganas de mirarla toda la vida. Pero eso sólo pasaba a veces.

La mayoría de los días se limitaba a sentarse allí, en aquella
pequeña roca con aristas que se le clavaban en la carne, y
observar la mar. El vaivén de las olas. La espuma blanca contra la
costa. En ocasiones el salpicar de viento que llega un par de
segundos después. El horizonte, sobre todo el horizonte. Y su
rostro estaba inmóvil, sin expresar emoción alguna. Un rostro que
era piedra sobre piedra, con pupilas de sueño arrinconado. Sin
hacer el menor gesto, los labios muy apretados, las manos
cerradas y los brazos encogidos sobre ella misma, como si
quisiera abrazarse, como si en realidad lo estuviera haciendo.

Cada tarde, hasta justo antes de que anocheciera. Cuando el sol
empezaba a declinar, se levantaba, estiraba las piernas atenazadas
por la postura, y se marchaba a casa. Jamás miraba atrás, un
última vista al océano. Jamás. Y el resto del día parecía vestirse
de espera para volver a aquel sitio. Siempre en silencio.

Y todos los amaneceres acababan por parecer iguales.

Por entre los bajíos del acantilado, allí donde se quedaban a veces
enganchadas algas y espumas de olas a medio olvidar, vio un día
algo extraño.

Era una tarde como todas las demás, el sol lloraba un ratito y
después se escondía entre las nubes, el viento lamía con saliva
salada sus mejillas. Uno de esos días que, de tan similares,
parecen durar meses. Solo que allí, entre las rocas, habia algo.

Se distinguía por el color, un tono amarillento que destacaba entre
las rocas grises y los recuerdos verdes. Parecía de pequeño tamaño
apenas más grande que un puño, y, fuera lo que fuese, había sido
la mar quien lo había llevado hasta allí. Delante de la mujer. Justo
en el sitio donde ella miraba. Así que, como si fuera
responsabilidad suya, se dispuso a bajar hasta la misma orilla del
mundo, y ver qué era.

Nunca había intentado descender por aquel acantilado, jamás
había sentido ninguna necesidad. Esa tarde se dio cuenta de lo
complicado que era, pese a los pocos metros, apoyar bien los pies
en cada saliente sin resbalar con el verde o el negro. Con cuidado,
perdiendo casi la noción del tiempo, consiguió llegar hasta un
asidero desde el cuel pudo coger aquel objeto olvidado. Para ello
se tuvo que inclinar sobre las aguas heladas, y, por unas cosas u
otras, tembló. Incomoda como estaba, agarró el pequeño pecio
recuperado con una mano, y sin prestarle atención volvió hasta su
roca, fuera del alcance de aquel océano, un lugar conocida. Un
lugar seguro.

Cuando volvió a sentarse en el espacio familiar de “su” peña
estaba jadeando, y durante unos instantes cerró los párpados para
intentar recuperar el aliento. Sólo cuando su pecho dejó de subir y
bajar violentamente y las lucecitas se calmaron en el interior de
sus párpados se acordó del objeto que apretaba en su mano
izquierda.

Ahora que lo veía de cerca se daba cuenta que lo que había
recogido de entre las aguas era un patito de goma, uno de esos
juguetes que los niños meten en las bañeras. Los ojos estaban
completamente borrados y el pico había perdido el tono naranja
típico. Además apenas quedaba rastro ya de la pintura amarilla por
debajo de una pequeña costra de algas verdosas, y el cuerpo,
arañado aquí y allá, se había ido deformando poco a poco. Pero
no había dudas, aquello era un patito de goma.

Lo acercó a su rostro, y lo puso frente a las pupilas, mirándolo
fijamente.
Aquel juguete flotaba, había llegado flotando de algún lugar que
nadie podría averiguar. Ella lo pensó, pensó en el primer hogar de
aquel muñeco.

Pensó en las manos que lo llevaron consigo a la hora del baño,
seguro que las mismas que un día lo olvidaron en una playa, o lo
perdieron en cualquier río.

Pensó en las jornadas al mecer de las olas, en tempestades y
mediodías de sol y sal. En el morder de las algas, el acariciar del
agua, el herir de los acantilados.

Ella pensó, sentada en aquel lugar donde pasaba su vivir, en el
tiempo que podría llevar aquel juguete desdibujando navegando
por el océano. Y, con esa idea en la mente, acercó la protuberancia
verdosa que ayer quiso parecer un pico a su oído. Y cerró, con
mucha fuera, los ojos.

Y entonces escucha, o piensa que escucha, o siente que escucha,
qué más da.....ella escucha, escucha una voz suave, que viene de
muy lejos...escucha las palabras del pequeño objeto que sostiene
tan cerca de si...que le dicen que él está bien, que nada le duele,
que todo es tranquilo y los días son luminosos y nunca hace
demasiado viento....escucha que la recuerda todo el tiempo, que la
echa de menos, que añora el mesar de su pelo, el sabor de su piel...
que siempre pensó que ella era lo mejor que la había pasado en la
vida.....

Y la mujer que pasa sus tardes mirando la mar y que a veces tiene
arrugas en el rostro aprieta muy fuerte el patito de goma contra su
mejilla, mojada con agua espesa y salada.

Autor del relato:Marcos Pereda Herrera.

lunes, 20 de agosto de 2012

CON LAS MANOS VACÍAS

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Una mujer sujeta la cámara fotográfica con firmeza, con la otra mano recoge su pelo largo. El viento lo agita con tanto ímpetu como si fueran las aspas de un molino cuando mueve las velas.

 Las gaviotas  vadean en el aire, un aire del Sur que no las deja entrar en el circuito que pudiera haber entre las nubes. Parecen gigantes alados sobre la cabeza del hombre que ahora sale del coche, ataviado con un chubasquero azul,  se dirige hacia la cala donde se encuentra la mujer con la vista fija en cualquier punto. Sólo ella sabe dónde mira.

      La tormenta en el mar arremolina el agua formando crestas de espuma que se disuelven cuando llegan a la orilla. El vendaval es extraordinario, tanto, que azota las miradas de aquéllos dos que se  han atrevido a llegar hasta los acantilados. Es otra vez noviembre.

         Allí las gotas de agua que arrastra Eolo les empapan el rostro. El hombre se acerca a la mujer, la toma por la cintura y le besa la nuca descubierta por el ventarrón. Ella se vuelve con media sonrisa y se ciñe a él con grácil movimiento. El día escogido no ha sido acompañado por el céfiro, viento suave y apacible que suele hacer por este litoral. La mayoría de las veces, calmo.

         A pesar de la inclemencia de la tormenta en este día, una vez más desapacible de otoño, los efectos combinados por  los fenómenos atmosféricos han producido los resultados deseados para traer al paisaje los afectos.

         Salvador y Paloma seguirán por mucho tiempo mirando al horizonte indeleble, entre la bruma y el espesor de las nubes gruesas que relampaguean más allá de las millas visibles. Empieza a anochecer y ellos siguen allí sin apartar la mirada, ahora en silencio, abrazados. Sus cuerpos entrelazados por el vaivén del vendaval que cada vez azota con más intensidad.

         Cada treinta de noviembre desde hace unos años, siempre se acercan hasta la playa y  suben a la cala más alta. Ella suele hacer fotos que luego revelará, ordenará y  pondrá en un álbum de duro cartón al que llama “Restos de un naufragio”. Él lleva consigo unos poemas escritos en un cuaderno de espiral de color verde. Siempre los lee frente al mar en este día.

         Paloma y Salvador llevan parte de la vida juntos. Viven en este pueblo costero de pocos habitantes. Ella es enfermera en un Centro de Salud, él profesor en un Instituto Comarcal. Son muy conocidos por su actividad, todos los chicos del municipio, o han asistido a clase, o alguna vez han acudido al Centro de Salud. Cada  día salen juntos para ir a trabajar. Antes desayunan en la terraza que mira al mar y los saluda en jornadas  serenas tintadas de azules flamantes con luz clara, como sus vidas.

         Todo cambió de repente. Aquel día de finales de noviembre el pueblo se movilizó hacia Cala Fría, en un atardecer anaranjado en el que la naturaleza arrojó un fenómeno marítimo indeseable. Así lo calificaron desde el Centro de Meteorología unos días después. Sonaron todas las alarmas, llegaron efectivos de socorro terrestre, de los puertos cercanos las lanchas de salvamento, el helicóptero de Protección Civil.  Hasta el Faro en su silencio luminoso parecía emitir gemidos ante la tragedia que se percibía.

           Una patera con más de veinte personas a bordo, mujeres, hombres y algunos menores hacían señales de socorro y gritaban desesperados, en un lenguaje universal, el del peligro.

          Son frecuentes en esta costa las llegadas masivas en esas humildes barcazas repletas de personas a la  búsqueda  del norte, ese ficticio punto cardinal que en sus países no logran alcanzar y que tampoco tienen seguro conseguir al llegar a esta orilla, donde ni antes ni después nada ni nadie le promete la vida.

         Debe ser dura y difícil la existencia de esta gente para atreverse a una  odisea semejante. La imagen del suceso quedaría en las retinas de los vecinos igual que el esfuerzo por salvarlos. La mayoría de los que viajaban en la patera no sabían nadar. El miedo lo traían dibujado en sus caras después de la calamitosa travesía nocturna. Ni siquiera las últimas millas de la jornada a pleno sol les disipó el terror que destilaban sus miradas. 
                           
         La naturaleza no puso de su parte ni un ápice de suerte para culminar el final de una aventura maldita. La sucesión de sueños creados y apilados en  torres de ilusión  se desmoronó en breve, como las torres de un castillo de arena. El extraño fenómeno marítimo, asombroso por su virulencia, se presentó aquella tarde alarmando al poblado pescador y produjo  el previsible desastre humano a pocas millas de la costa. La embarcación rustica en la que venían zozobró, el mar embravecido se tragaría sin tregua a los que en ella viajaban.

         En este pueblo no hay equipo de Salvamento Marítimo, sí  un grupo de jóvenes del lugar que prestan servicio como voluntarios de Cruz Roja en verano. Son chicos que estudian en invierno y cuando el pueblo se llena de veraneantes, colaboran para que los intrépidos y atrevidos bañistas no hagan demasiadas exhibiciones en los días de mala mar. Entre ellos Sergio, hijo  de Salvador y Paloma. Un chico de 22 años, alto, moreno, de ojos verdes como el mar en los días de primavera, cuando la brisa cambia el color del piélago y cubre el horizonte de tonos de esperanza. Esos días que se alargan a la espera del feliz estío.

         Fue el otoño oscuro de aquel día aciago el que quedará para siempre en la memoria del grupo de voluntarios. Aquéllos que no dudaron en echarse al mar ante semejante escena: gritos, brazos  temblorosos, rostros asustados, desencajados pidiendo auxilio.

         Consiguieron salvar de las agresivas aguas a dos mujeres y cuatro menores. Lo que nadie logró comprender fue cómo Sergio, un nadador experimentado, se hundió mientras buscaba cuerpos sin vida, quizás fue la extenuación del esfuerzo lo que lo dejó sin energía. La mar se cobra tributos que no están establecidos por ninguna ley humana. Sólo ella tiene su propia carta y nadie sabe cómo la aplica.

          Sergio sacó a flote a muchas personas del barco tratando de salvarles la vida cuando un golpe de mar lo sumergió en los bajos de la zona. Todos los efectivos lo buscaron durante días, pero la búsqueda fue infructuosa. Sus padres no se separaron de la orilla mientras que duró el intenso  rescate. Unos días después se celebró el entierro oficial de la victimas. Un acto multitudinario, todos los cuerpos de los emigrantes en sus féretros para  su posterior repatriación, pero faltó uno, el de Sergio. Se lo tragó la mar y en ella se quedó para siempre.

         Ya han pasado cinco años de este hecho tan doloroso y triste para todos. Los restos del chico nunca aparecieron, ellos siguen viniendo cada treinta de noviembre. Las fotos siguen en el álbum y el cuaderno de espiral verde quedó inacabado, porque allí Sergio escribía versos mientras hacía turnos de guardia en el punto de salvamento durante los veranos.

         Para sus padres era Cala Fría la cala más fotografiada  en cada uno de los momentos del día, en cada una de las estaciones del año. Les dejó el corazón roto y las manos vacías. Desde entonces se convirtió en la instantánea más gélida de las emociones.

Autora del relato: Carmen Martínez Marín.

Fotografía: Carmen Martínez Marín.

A Carmen la podéis encontrar aquí.

jueves, 2 de agosto de 2012

KATIUSCAS Y FANGO

 Una mueca de dolor fue la sorda respuesta de Ción a un nuevo dolor de espalda.

Ninguna del resto de mariscadoras interrumpió su monótono trabajo ni intuyó que el cuerpo de su compañera se resquebrajaba por dentro. De los cincuenta y cuatro años que acababa de cumplir todos menos trece habían permanecido unidos al cesto y al rastrillo con el que cargaba y rastrillaba el lodo y la arena para rescatar de sus entrañas almejas y berberechos y soportar después el peso a su espalda. Alguien le dijo un día que tenía el síndrome del Túnel Carpiano, pero ella no sabía que coño era eso del Túnel de no se quién. De lo que si estaba segura era de que ese dolor la estaba martirizando.

Cinco horas más tarde Ción y sus compañeras a duras penas consiguieron ponerse derechas desafiando con su rostro arrugado los implacables rayos  del sol. Tenía las mangas del buzo amarradas a su cintura y las katiuscas ancladas al fango. Apartó el sombrero, sacó un pañuelo de su bolsillo derecho y se secó el sudor de la frente mientras miraba el horizonte sabedora de que su marido y su hijo mayor volverían ese día de faenar, con el barco, al caer la tarde.

El cesto pesaba como un demonio y las botas se resistían a dar un nuevo paso embachadas, como estaban, en ese légamo que cada vez resultaba más insalvable y que hacía que rastrillar un metro más en su última hora de trabajo fuera un acto de voluntad inconmensurable.

Las mareas marcaban las jornadas de trabajo y esta estaba dando a su fin. En la orilla soltó el cesto, lo posó sobre la carretilla y liberó a su espalda de la pesada carga consiguiendo un exiguo alivio. Levantó la carretilla con los pertrechos de la pesca incluidos y se encaminó a la bodega que tenían junto al embarcadero; el dolor de hombros y rodillas se sumó al que ya soportaba.

-Esta humedad me está matando.-pensó.

Pero en realidad no solo era eso, eran aquellas posturas inhumanas y eternas en el fango, eran aquellos movimientos repetidos una y mil veces hasta la extenuación y aquel maldito reuma que le había hecho perder firmeza a la hora de agarrar la rastrilla.

Pero lo había conseguido un día más; ahora estaba ya en su casa, con la cocina a pleno rendimiento. Su marido y su hijo mayor volverían con hambre.

Ción se sentó a la mesa con sus hijos más pequeños, estaba orgullosa de su familia.

Después de quedarse un buen rato adormilada en su sillón favorito, una vez acabado de recoger la cocina, se mojó el pelo y se refrescó la cara para salir al balcón desde donde vería llegar a puerto a sus Paulinos.

Era una tarde calurosa de finales de junio y de viento sur que secó su pelo a los pocos minutos de permanecer apoyada sobre la barandilla de su balcón. Su hogar estaba situado en una villa marinera exactamente a 43º 25' 42¨  N 4º 2' 37¨ O, ella lo sabía bien porque para su marido marcar esas coordenadas en el GPS de su barco, era lo más; significaba nada menos que la vuelta a casa y eso renovaba su espíritu.

-Aquí el Paulino2 por el canal cuatro, ¿me recibes?, cambio.-

Ción se atusó el pelo para acudir junto a la emisora e hizo el gesto de colocarse la falda y la camisa que ya tenía bien situadas.

-Desde luego que si, alto y claro. ¿queréis hablar con papá y con Paulinín? Preguntó Ción apresurada a sus hijos.-

Están viendo la tele, pero os mandan un beso. ¿por donde estáis? Cambio.-

-A unas treinta millas al este, no tardaremos más de tres horas.El mar está en calma, pero la carga ralentiza la marcha.-

Ción se alegró de oír eso. La faena había sido buena y eso aseguraba el jornal.

Paulino controlaba la navegación del barco atento a las labores que Paulinin desempeñaba en la proa.

-Es un buen hijo.- concluyó.

El barco comenzó a a batirse primero a babor y luego a estribor suave pero inesperadamente. El imprevisto zarandeo hizo que la experiencia de Paulino le obligara a realizar una exploración visual del entorno saliendo de la cabina del puente.

Estratos bajos y grises avanzaban rápidamente frente a ellos; una especie de niebla espesa que proyectaba una sombra negruzca sobre la mar, y un viento frío que lamió las amuras de estribor y el rostro de los seis marineros que formaban el total de la tripulación hizo que Paulino ordenara revisar rápidamente que todo estuviera bien amarrado y a los hombres que se pusieran a cubierto.

La galerna avanzaba con extraordinaria rapidez. A los pocos minutos el viento alcanzaba los noventa kilómetros por hora con rachas de ciento diez, la temperatura había descendido considerablemente, los gradientes de presión habían subido hasta el dígito cinco y un aguacero pertinaz se cebaba con el Paulino2 y su dotación marinera.

La visibilidad era escasa, pero el barco estaba bien equipado de aparatología moderna de navegación. El capitán cambió el rumbo hacia el oeste exigiendo a la maquina del barco toda su potencia para girar con agilidad, posteriormente hacia el suroeste y tener viento de popa que les ayudara en su regreso.

El mar pareció despertar de un mal sueño y la pesadilla enrabietó su carácter provocando olas de más de cuatro metros que golpeaban sobre la cubierta resistiendo esta los envites de un combate de agua, espuma y batahola.

Un golpe de mar hizo que Paulinín perdiera la sujeción. Resbaló peligrosamente por la cubierta. Su padre puso el piloto automático y salió de inmediato agarrándose donde podía para no perder el equilibrio e intentar llegar hasta él, las olas golpeaban con fuerza y la sal hervía dentro de las heridas originadas por algunos cortes en sus brazos. Los cuatro marineros restantes consiguieron formar una cadena humana llegando hasta donde estaban tendidos el padre y el hijo, los bruscos movimientos del barco zarandeaban la improvisada cadena dificultando el rescate.

A Paulino le pareció que todo aquello pasaba a cámara lenta y en esa sucesión de imágenes que sólo una situación de verdadero peligro ofrece, vio claramente los rostros de sus tres hijos: dos varones y una niña, y el de su mujer,Asunción, y pdió a Dios tener la oportunidad de volverlos a ver a todos de nuevo. Justo en ese instante aferró con fuerza la mano de su hijo convirtiendo su brazo en una maroma para ser más eficaz en su objetivo, había conseguido sujetar a su hijo. Sin embargo la suerte no parecía de su parte ese día, la fuerza del mar lo separó de la cubierta como una pluma haciéndole saltar por la amura de babor. A los que lo vieron les dejó perplejos, con la boca abierta y con los ojos anclados sobre la amura, sus rostros palidecieron. El brazo de Paulinín permanecía tenso por fuera de las tablas de protección en una postura imposible mientras el barco giró al suroeste después de que uno de los marineros se hiciera con él.

La tarde inventó un grotesco gesto de reverencia para que la noche ocupara su lugar.

Ción llevaba mucho tiempo intentando establecer contacto con el Paulino2. Estaba nerviosa salía y entraba del balcón a la sala y de la sala al balcón. A duras penas sujetó la puerta que daba al exterior y evitar que el viento la arrancara de cuajo. Sus dolores habían desaparecido, pero un nudo en la garganta le hacía respirar con dificultad. Sabía lo que el celaje y aquel viento significaban.

Sacó los prismáticos para luz nocturna y solo devolvieron oscuridad, en la bocana del puerto no había actividad. La niña y el joven Emilio, su hermano, también.

La bocina del barco sonó tres veces. A Ción le dio un vuelco el corazón.

Aquella noche se transformó en una de sus mejores noches. Ni la espalda, ni los hombros, ni las rodillas. Su marido dormía entre sus brazos y sus hijos estaban a salvo.

Esa madrugada, las katiuscas y el fango tuvieron que esperar.

AUTOR DEL RELATO: FERNANDO MARTÍN MORALES.

FOTOGRAFÍA CEDIDA POR: ñOCO. "La mirada ausente" "Cristal rasgado"