jueves, 2 de agosto de 2012

KATIUSCAS Y FANGO

 Una mueca de dolor fue la sorda respuesta de Ción a un nuevo dolor de espalda.

Ninguna del resto de mariscadoras interrumpió su monótono trabajo ni intuyó que el cuerpo de su compañera se resquebrajaba por dentro. De los cincuenta y cuatro años que acababa de cumplir todos menos trece habían permanecido unidos al cesto y al rastrillo con el que cargaba y rastrillaba el lodo y la arena para rescatar de sus entrañas almejas y berberechos y soportar después el peso a su espalda. Alguien le dijo un día que tenía el síndrome del Túnel Carpiano, pero ella no sabía que coño era eso del Túnel de no se quién. De lo que si estaba segura era de que ese dolor la estaba martirizando.

Cinco horas más tarde Ción y sus compañeras a duras penas consiguieron ponerse derechas desafiando con su rostro arrugado los implacables rayos  del sol. Tenía las mangas del buzo amarradas a su cintura y las katiuscas ancladas al fango. Apartó el sombrero, sacó un pañuelo de su bolsillo derecho y se secó el sudor de la frente mientras miraba el horizonte sabedora de que su marido y su hijo mayor volverían ese día de faenar, con el barco, al caer la tarde.

El cesto pesaba como un demonio y las botas se resistían a dar un nuevo paso embachadas, como estaban, en ese légamo que cada vez resultaba más insalvable y que hacía que rastrillar un metro más en su última hora de trabajo fuera un acto de voluntad inconmensurable.

Las mareas marcaban las jornadas de trabajo y esta estaba dando a su fin. En la orilla soltó el cesto, lo posó sobre la carretilla y liberó a su espalda de la pesada carga consiguiendo un exiguo alivio. Levantó la carretilla con los pertrechos de la pesca incluidos y se encaminó a la bodega que tenían junto al embarcadero; el dolor de hombros y rodillas se sumó al que ya soportaba.

-Esta humedad me está matando.-pensó.

Pero en realidad no solo era eso, eran aquellas posturas inhumanas y eternas en el fango, eran aquellos movimientos repetidos una y mil veces hasta la extenuación y aquel maldito reuma que le había hecho perder firmeza a la hora de agarrar la rastrilla.

Pero lo había conseguido un día más; ahora estaba ya en su casa, con la cocina a pleno rendimiento. Su marido y su hijo mayor volverían con hambre.

Ción se sentó a la mesa con sus hijos más pequeños, estaba orgullosa de su familia.

Después de quedarse un buen rato adormilada en su sillón favorito, una vez acabado de recoger la cocina, se mojó el pelo y se refrescó la cara para salir al balcón desde donde vería llegar a puerto a sus Paulinos.

Era una tarde calurosa de finales de junio y de viento sur que secó su pelo a los pocos minutos de permanecer apoyada sobre la barandilla de su balcón. Su hogar estaba situado en una villa marinera exactamente a 43º 25' 42¨  N 4º 2' 37¨ O, ella lo sabía bien porque para su marido marcar esas coordenadas en el GPS de su barco, era lo más; significaba nada menos que la vuelta a casa y eso renovaba su espíritu.

-Aquí el Paulino2 por el canal cuatro, ¿me recibes?, cambio.-

Ción se atusó el pelo para acudir junto a la emisora e hizo el gesto de colocarse la falda y la camisa que ya tenía bien situadas.

-Desde luego que si, alto y claro. ¿queréis hablar con papá y con Paulinín? Preguntó Ción apresurada a sus hijos.-

Están viendo la tele, pero os mandan un beso. ¿por donde estáis? Cambio.-

-A unas treinta millas al este, no tardaremos más de tres horas.El mar está en calma, pero la carga ralentiza la marcha.-

Ción se alegró de oír eso. La faena había sido buena y eso aseguraba el jornal.

Paulino controlaba la navegación del barco atento a las labores que Paulinin desempeñaba en la proa.

-Es un buen hijo.- concluyó.

El barco comenzó a a batirse primero a babor y luego a estribor suave pero inesperadamente. El imprevisto zarandeo hizo que la experiencia de Paulino le obligara a realizar una exploración visual del entorno saliendo de la cabina del puente.

Estratos bajos y grises avanzaban rápidamente frente a ellos; una especie de niebla espesa que proyectaba una sombra negruzca sobre la mar, y un viento frío que lamió las amuras de estribor y el rostro de los seis marineros que formaban el total de la tripulación hizo que Paulino ordenara revisar rápidamente que todo estuviera bien amarrado y a los hombres que se pusieran a cubierto.

La galerna avanzaba con extraordinaria rapidez. A los pocos minutos el viento alcanzaba los noventa kilómetros por hora con rachas de ciento diez, la temperatura había descendido considerablemente, los gradientes de presión habían subido hasta el dígito cinco y un aguacero pertinaz se cebaba con el Paulino2 y su dotación marinera.

La visibilidad era escasa, pero el barco estaba bien equipado de aparatología moderna de navegación. El capitán cambió el rumbo hacia el oeste exigiendo a la maquina del barco toda su potencia para girar con agilidad, posteriormente hacia el suroeste y tener viento de popa que les ayudara en su regreso.

El mar pareció despertar de un mal sueño y la pesadilla enrabietó su carácter provocando olas de más de cuatro metros que golpeaban sobre la cubierta resistiendo esta los envites de un combate de agua, espuma y batahola.

Un golpe de mar hizo que Paulinín perdiera la sujeción. Resbaló peligrosamente por la cubierta. Su padre puso el piloto automático y salió de inmediato agarrándose donde podía para no perder el equilibrio e intentar llegar hasta él, las olas golpeaban con fuerza y la sal hervía dentro de las heridas originadas por algunos cortes en sus brazos. Los cuatro marineros restantes consiguieron formar una cadena humana llegando hasta donde estaban tendidos el padre y el hijo, los bruscos movimientos del barco zarandeaban la improvisada cadena dificultando el rescate.

A Paulino le pareció que todo aquello pasaba a cámara lenta y en esa sucesión de imágenes que sólo una situación de verdadero peligro ofrece, vio claramente los rostros de sus tres hijos: dos varones y una niña, y el de su mujer,Asunción, y pdió a Dios tener la oportunidad de volverlos a ver a todos de nuevo. Justo en ese instante aferró con fuerza la mano de su hijo convirtiendo su brazo en una maroma para ser más eficaz en su objetivo, había conseguido sujetar a su hijo. Sin embargo la suerte no parecía de su parte ese día, la fuerza del mar lo separó de la cubierta como una pluma haciéndole saltar por la amura de babor. A los que lo vieron les dejó perplejos, con la boca abierta y con los ojos anclados sobre la amura, sus rostros palidecieron. El brazo de Paulinín permanecía tenso por fuera de las tablas de protección en una postura imposible mientras el barco giró al suroeste después de que uno de los marineros se hiciera con él.

La tarde inventó un grotesco gesto de reverencia para que la noche ocupara su lugar.

Ción llevaba mucho tiempo intentando establecer contacto con el Paulino2. Estaba nerviosa salía y entraba del balcón a la sala y de la sala al balcón. A duras penas sujetó la puerta que daba al exterior y evitar que el viento la arrancara de cuajo. Sus dolores habían desaparecido, pero un nudo en la garganta le hacía respirar con dificultad. Sabía lo que el celaje y aquel viento significaban.

Sacó los prismáticos para luz nocturna y solo devolvieron oscuridad, en la bocana del puerto no había actividad. La niña y el joven Emilio, su hermano, también.

La bocina del barco sonó tres veces. A Ción le dio un vuelco el corazón.

Aquella noche se transformó en una de sus mejores noches. Ni la espalda, ni los hombros, ni las rodillas. Su marido dormía entre sus brazos y sus hijos estaban a salvo.

Esa madrugada, las katiuscas y el fango tuvieron que esperar.

AUTOR DEL RELATO: FERNANDO MARTÍN MORALES.

FOTOGRAFÍA CEDIDA POR: ñOCO. "La mirada ausente" "Cristal rasgado"


5 comentarios:

Cabopá dijo...

Un buen texto, narrado con mucha agilidad, mantiene la tensión ante la posible tragedia, pero acaba con un signo de esperanza, no siempre el mar se queda con los marinos, también los trae con las familias...

La imagen de las botas y el lodo, son muy visibles y hace que el relato sea redondo en su final...

Encantada de conocerte
Besicos salados.

fus dijo...

Creo que has creado un ambiente marino, donde tus palabras nos deslizan por una historia real.

un abrazo

fus

teca dijo...

Você tem um talento muito lindo para descrever pensamentos... relatos, histórias...

Beijo carinhoso.

La abuela frescotona dijo...

que hermosa historia Tejon, por momentos me asusté, pero el final fue muy bello, saludos querido amigo

Ana Manotas Cascos dijo...

Magnifico relato, muy acorde con la foto de Ñoco,
Un saludo