domingo, 30 de septiembre de 2012

LAS ALMAS DEL MAR

 
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La lumbre del mechero se reflejaba en la barandilla del pesquero como un pequeño faro.

Había encendido el último cigarro después de la guardia, antes de irse a dormir con ese artilugio que perteneció a su abuelo, un encendedor de mecha resguardado de la humedad dentro de un condón, lo que provocaba no pocas bromas entre los compañeros, sin embargo a él, se la traía al pairo. Bien pensado, no era práctico, pero después de tantos años siguiendo las estrellas para guiarse cuando la tecnología fallaba, qué absurda lógica podía decidir si era más fiable su mecha que seguir la estela de una luz en el espacio, muerta ya hacía miles de años para llevarle a casa. Se rió para sí mismo, apoyado, confiado en los hierros que le separaban de las profundidades del mar.

Había sido una buena marea, oía el motor de la grúa que soltaba la última red antes de poner rumbo a tierra. La noche era oscura, el mar estaba en calma pues el viento no levantaba olas de más de medio metro. El cielo limpio reflejaba las constelaciones como pequeñas lentejuelas en un traje de luces. A lo lejos, a unas quince millas, se distinguía la costa, una sábana fantasmal muy lejos aún de esa paz cuyo olor a salitre, pesca y combustible él reconocía lo mismo que el olor del cuello de su hija o los besos de su mujer.

-Me voy al catre, Patrón- La voz le sacó de su ensimismamiento al tiempo que le hacía volverse. Era José, “el peque”, un chavalín de veintidós años. Ésta era su primera marea y si de él dependiera la última. Había sido un mal año para su casa, tras la muerte de su padre, su madre mariscadora de costa no podía con todo, así que le pidió ayuda para la casa con la mirada preñada de pena y desesperación. Le conocía desdes niño y tal vez por eso, le mataba a trabajar, intentando que el veneno de esa vida no se le metiera en las venas, haciendo que todo el romanticismo que pudiera soñar se evaporara con el dolor de sus huesos. Tenia buena mano para la mecánica, quizá eso le garantizara un futuro en tierra. Le sonrió de medio lado:- Ya has bregado bastante chaval-.

El otro desapareció rumbo a las literas, a donde él no tardaría en seguirle. Pepín le había remplazado en el puesto hacía un rato. Su cuerpo también estaba cansado, después de veinte años en eso a veces costaba seguir. Lanzó la colilla por la borda, dirigiéndose a su propia cama, asegurándose con el oído de que todo iba bien.

Volvió a preguntarse qué tenia aquella inmensa mancha de agua para ejercer la atracción necesaria en hombres como él, para aún jurando que no volverían, regresar a sus brazos como a los de una mujer hermosa y complaciente en sus favores y pérfida en su bravura.

De pronto, en medio del tramo de escaleras, lo que en ese momento era su mundo se puso del revés, literalmente. Todo giraba a su alrededor y el agua fría y brava la arrastraba como una serpiente gruesa y grotesca, mientras él a duras penas lograba ubicar en su cerebro aturdido, donde se encontraba la superficie en aquella oscuridad húmeda y vibrante que le empujaba hacía el fondo, donde se encontraba manoteando como un loco intentando deshacerse de las botas de agua y el pantalón fosforito que le convertían en una bolla pesada y a la deriva.

Su alrededor crujía, chirriaba y a lo lejos en sordina creía oír las voces de Pepín y a los compañeros de cubierta, pero todo era confuso. El agua le cubría obligándole a bucear luchando con objetos que no veía, al mismo tiempo que tomaba conciencia de la llegada de una estabilidad engañosa.

Y el relámpago de la lucidez le iluminó. El barco estaba quilla al sol, aún no sabía por que, pero si sabia que si quería salir de allí tendría que ser por debajo de la estructura. La calma llegó bruscamente, encontrándolo dentro de una bolsa de aire en la que cabía solamente su cabeza.

A oscuras y desorientado, boqueando a fondo intentando robar hasta la última molécula de aire, el agua le cubría rápidamente, respiró todo lo que pudo y se hundió. Había objetos chocando contra su cuerpo, los apartaba intentando palpar las paredes que sabía estaban allí, hasta que por fin encontró lo que buscaba. Con sus últimas fuerzas abrió el ojo de buey impulsándose a través de él con fieras patadas. Lo primero que vio en la oscuridad de la noche fueron los bajos del barco como una ballena moribunda y se apartó de ella por miedo a que le succionara en su inminente desaparición. El cuerpo le templaba incontroladamente, pero aún así no dejaba de contar los barriles que flotaban a su alrededor, agarrándolos con ansia. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, el barco ya no estaba. Seguía agarrado a los barriles llamando a quien pudiera oírle, encontrándose como respuesta sólo silencio.

No lograba asimilar que ninguno de sus tripulantes no contestara, pero no cesaba en su empeño de pronunciar sus nombres entre embates de olas que le obligaban a tragar, toser y tartamudear notablemente desde hacía un largo rato, sospechaba que debido al frío. El agua negra que inundaba su boca obstaculizaba su visión además de hacerle notar que iba en contra de lo que él buscaba: la costa.

Aún ignorante del tiempo que llevaba a la deriva, por su cabeza no pasó ni por un momento la película de su vida, no sabía si lo esperaba si quiera; lo que sí supo, no por él, sino por costumbre, por años de mirar las estrellas, trazar rumbos y guiarse por instintos es que su mente le secuestró obligándole a sobrevivir.

Hacía lo que podía, quería recordar lo que había sucedido. ¿Se habría enredado las redes en el fondo?. La rapidez del accidente le confirmaba lo imposible de haber podido pedir socorro o lanzar balizas, su única posibilidad residía en otro barco con el que hablaba cada pocas horas.

Eso era todo. Y para entonces él estaría en remojo otras tantas , con la sombra de la hipotermia como compañera. Tenía que moverse, o eso creía, aunque también sopesaba no muy cuerdamente el quedarse en posición fetal para guardar el calor. En ese momento no quería pensar en nada, en lo que dejaba en tierra o en lo que pudiera encontrar en ella y ridículamente pensó en el médico que le había puesto a dieta por el colesterol, y gracias a los kilos perdidos había salido por aquel mísero agujero. Se rió histéricamente, llorando por la sal en los ojos se dijo, al tiempo que notaba como los dedos se le agarrotaban impidiéndole saber si aún mantenía sujeta la cuerda del barril.

Miró al cielo, la luna había descrito un largo recorrido en el horizonte, se notaba abotargado y le faltaban fuerzas en las extremidades. La escasa ropa que llevaba puesta tiraba de él hacia abajo como un demonio reclamándole hasta el fondo. En un último esfuerzo, enroscó las cuerdas a su brazo casi cortándose la circulación, pero sin notarlo. Al fin y al cabo si moría ahogado o de frío su cuerpo quedaría flotando y entierra tendrían algo que enterrar; no quería tener por lápida sólo el recuerdo si podía evitarlo. Y el hecho es que no lo sabia.

Quiso cerrar su confusa mente a todo recuerdo, dolor o añoranza que no fuera ese instante, el chapoteo o el agua bañando su cara, pero como siempre alguna parte traidora le llenaba de olores, sabores y gozos que estimaba nunca volvería a oler, saborear o gozar. Respiraba a trompicones, con la única certeza de que le encontrarían muerto a la deriva, acompañando las almas que nunca olvidaría, el recuerdo lleno de alboroto, humo, bromas y mar, este mar.

Tenía sueño, luchaba contra él. “No te duermas” resonaba en algún lugar de su cabeza, pero era inútil. Flotaba con dulzura abandonada, el agua salpicaba a su alrededor como si hirviera y a lo lejos veía una luz. Se dejó hacer, no tenía fuerzas. Pensó !esto se acabo”, volvería con sus compañeros, estarían juntos de nuevo, él era su patrón, esa amalgama inconexa de pensamientos se hacía espesa en su cabeza. De pronto se nota flotar ¿es esto morir? Se pregunta. Pero una voz le grita:! Estas a salvo!

Calor, mucho calor, entreabre los ojos, se ve a sí mismo envuelto en plata, escucha lo que parece un rotor y siente muchas manos. !estas a salvo!- insiste la voz-!estas a salvo!

Lo oye en eco, lejos, muy lejos, al tiempo que una lágrima recorre su cara secada por alguien al instante, y él no puede dejar de sentir que !Sí! Su cuerpo ha sobrevivido, pero en cambio algo en su alma ha muerto para no resucitar, dormida en la eternidad, junto a ellos.

AUTORA DEL RELATO:
 LORENA NIETO RODRÍGUEZ


1 comentario:

AGMPRISMA dijo...

Gracia por acercarnos este relato, profundizaremos.
Un salduo.