lunes, 20 de agosto de 2012

CON LAS MANOS VACÍAS

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Una mujer sujeta la cámara fotográfica con firmeza, con la otra mano recoge su pelo largo. El viento lo agita con tanto ímpetu como si fueran las aspas de un molino cuando mueve las velas.

 Las gaviotas  vadean en el aire, un aire del Sur que no las deja entrar en el circuito que pudiera haber entre las nubes. Parecen gigantes alados sobre la cabeza del hombre que ahora sale del coche, ataviado con un chubasquero azul,  se dirige hacia la cala donde se encuentra la mujer con la vista fija en cualquier punto. Sólo ella sabe dónde mira.

      La tormenta en el mar arremolina el agua formando crestas de espuma que se disuelven cuando llegan a la orilla. El vendaval es extraordinario, tanto, que azota las miradas de aquéllos dos que se  han atrevido a llegar hasta los acantilados. Es otra vez noviembre.

         Allí las gotas de agua que arrastra Eolo les empapan el rostro. El hombre se acerca a la mujer, la toma por la cintura y le besa la nuca descubierta por el ventarrón. Ella se vuelve con media sonrisa y se ciñe a él con grácil movimiento. El día escogido no ha sido acompañado por el céfiro, viento suave y apacible que suele hacer por este litoral. La mayoría de las veces, calmo.

         A pesar de la inclemencia de la tormenta en este día, una vez más desapacible de otoño, los efectos combinados por  los fenómenos atmosféricos han producido los resultados deseados para traer al paisaje los afectos.

         Salvador y Paloma seguirán por mucho tiempo mirando al horizonte indeleble, entre la bruma y el espesor de las nubes gruesas que relampaguean más allá de las millas visibles. Empieza a anochecer y ellos siguen allí sin apartar la mirada, ahora en silencio, abrazados. Sus cuerpos entrelazados por el vaivén del vendaval que cada vez azota con más intensidad.

         Cada treinta de noviembre desde hace unos años, siempre se acercan hasta la playa y  suben a la cala más alta. Ella suele hacer fotos que luego revelará, ordenará y  pondrá en un álbum de duro cartón al que llama “Restos de un naufragio”. Él lleva consigo unos poemas escritos en un cuaderno de espiral de color verde. Siempre los lee frente al mar en este día.

         Paloma y Salvador llevan parte de la vida juntos. Viven en este pueblo costero de pocos habitantes. Ella es enfermera en un Centro de Salud, él profesor en un Instituto Comarcal. Son muy conocidos por su actividad, todos los chicos del municipio, o han asistido a clase, o alguna vez han acudido al Centro de Salud. Cada  día salen juntos para ir a trabajar. Antes desayunan en la terraza que mira al mar y los saluda en jornadas  serenas tintadas de azules flamantes con luz clara, como sus vidas.

         Todo cambió de repente. Aquel día de finales de noviembre el pueblo se movilizó hacia Cala Fría, en un atardecer anaranjado en el que la naturaleza arrojó un fenómeno marítimo indeseable. Así lo calificaron desde el Centro de Meteorología unos días después. Sonaron todas las alarmas, llegaron efectivos de socorro terrestre, de los puertos cercanos las lanchas de salvamento, el helicóptero de Protección Civil.  Hasta el Faro en su silencio luminoso parecía emitir gemidos ante la tragedia que se percibía.

           Una patera con más de veinte personas a bordo, mujeres, hombres y algunos menores hacían señales de socorro y gritaban desesperados, en un lenguaje universal, el del peligro.

          Son frecuentes en esta costa las llegadas masivas en esas humildes barcazas repletas de personas a la  búsqueda  del norte, ese ficticio punto cardinal que en sus países no logran alcanzar y que tampoco tienen seguro conseguir al llegar a esta orilla, donde ni antes ni después nada ni nadie le promete la vida.

         Debe ser dura y difícil la existencia de esta gente para atreverse a una  odisea semejante. La imagen del suceso quedaría en las retinas de los vecinos igual que el esfuerzo por salvarlos. La mayoría de los que viajaban en la patera no sabían nadar. El miedo lo traían dibujado en sus caras después de la calamitosa travesía nocturna. Ni siquiera las últimas millas de la jornada a pleno sol les disipó el terror que destilaban sus miradas. 
                           
         La naturaleza no puso de su parte ni un ápice de suerte para culminar el final de una aventura maldita. La sucesión de sueños creados y apilados en  torres de ilusión  se desmoronó en breve, como las torres de un castillo de arena. El extraño fenómeno marítimo, asombroso por su virulencia, se presentó aquella tarde alarmando al poblado pescador y produjo  el previsible desastre humano a pocas millas de la costa. La embarcación rustica en la que venían zozobró, el mar embravecido se tragaría sin tregua a los que en ella viajaban.

         En este pueblo no hay equipo de Salvamento Marítimo, sí  un grupo de jóvenes del lugar que prestan servicio como voluntarios de Cruz Roja en verano. Son chicos que estudian en invierno y cuando el pueblo se llena de veraneantes, colaboran para que los intrépidos y atrevidos bañistas no hagan demasiadas exhibiciones en los días de mala mar. Entre ellos Sergio, hijo  de Salvador y Paloma. Un chico de 22 años, alto, moreno, de ojos verdes como el mar en los días de primavera, cuando la brisa cambia el color del piélago y cubre el horizonte de tonos de esperanza. Esos días que se alargan a la espera del feliz estío.

         Fue el otoño oscuro de aquel día aciago el que quedará para siempre en la memoria del grupo de voluntarios. Aquéllos que no dudaron en echarse al mar ante semejante escena: gritos, brazos  temblorosos, rostros asustados, desencajados pidiendo auxilio.

         Consiguieron salvar de las agresivas aguas a dos mujeres y cuatro menores. Lo que nadie logró comprender fue cómo Sergio, un nadador experimentado, se hundió mientras buscaba cuerpos sin vida, quizás fue la extenuación del esfuerzo lo que lo dejó sin energía. La mar se cobra tributos que no están establecidos por ninguna ley humana. Sólo ella tiene su propia carta y nadie sabe cómo la aplica.

          Sergio sacó a flote a muchas personas del barco tratando de salvarles la vida cuando un golpe de mar lo sumergió en los bajos de la zona. Todos los efectivos lo buscaron durante días, pero la búsqueda fue infructuosa. Sus padres no se separaron de la orilla mientras que duró el intenso  rescate. Unos días después se celebró el entierro oficial de la victimas. Un acto multitudinario, todos los cuerpos de los emigrantes en sus féretros para  su posterior repatriación, pero faltó uno, el de Sergio. Se lo tragó la mar y en ella se quedó para siempre.

         Ya han pasado cinco años de este hecho tan doloroso y triste para todos. Los restos del chico nunca aparecieron, ellos siguen viniendo cada treinta de noviembre. Las fotos siguen en el álbum y el cuaderno de espiral verde quedó inacabado, porque allí Sergio escribía versos mientras hacía turnos de guardia en el punto de salvamento durante los veranos.

         Para sus padres era Cala Fría la cala más fotografiada  en cada uno de los momentos del día, en cada una de las estaciones del año. Les dejó el corazón roto y las manos vacías. Desde entonces se convirtió en la instantánea más gélida de las emociones.

Autora del relato: Carmen Martínez Marín.

Fotografía: Carmen Martínez Marín.

A Carmen la podéis encontrar aquí.

jueves, 2 de agosto de 2012

KATIUSCAS Y FANGO

 Una mueca de dolor fue la sorda respuesta de Ción a un nuevo dolor de espalda.

Ninguna del resto de mariscadoras interrumpió su monótono trabajo ni intuyó que el cuerpo de su compañera se resquebrajaba por dentro. De los cincuenta y cuatro años que acababa de cumplir todos menos trece habían permanecido unidos al cesto y al rastrillo con el que cargaba y rastrillaba el lodo y la arena para rescatar de sus entrañas almejas y berberechos y soportar después el peso a su espalda. Alguien le dijo un día que tenía el síndrome del Túnel Carpiano, pero ella no sabía que coño era eso del Túnel de no se quién. De lo que si estaba segura era de que ese dolor la estaba martirizando.

Cinco horas más tarde Ción y sus compañeras a duras penas consiguieron ponerse derechas desafiando con su rostro arrugado los implacables rayos  del sol. Tenía las mangas del buzo amarradas a su cintura y las katiuscas ancladas al fango. Apartó el sombrero, sacó un pañuelo de su bolsillo derecho y se secó el sudor de la frente mientras miraba el horizonte sabedora de que su marido y su hijo mayor volverían ese día de faenar, con el barco, al caer la tarde.

El cesto pesaba como un demonio y las botas se resistían a dar un nuevo paso embachadas, como estaban, en ese légamo que cada vez resultaba más insalvable y que hacía que rastrillar un metro más en su última hora de trabajo fuera un acto de voluntad inconmensurable.

Las mareas marcaban las jornadas de trabajo y esta estaba dando a su fin. En la orilla soltó el cesto, lo posó sobre la carretilla y liberó a su espalda de la pesada carga consiguiendo un exiguo alivio. Levantó la carretilla con los pertrechos de la pesca incluidos y se encaminó a la bodega que tenían junto al embarcadero; el dolor de hombros y rodillas se sumó al que ya soportaba.

-Esta humedad me está matando.-pensó.

Pero en realidad no solo era eso, eran aquellas posturas inhumanas y eternas en el fango, eran aquellos movimientos repetidos una y mil veces hasta la extenuación y aquel maldito reuma que le había hecho perder firmeza a la hora de agarrar la rastrilla.

Pero lo había conseguido un día más; ahora estaba ya en su casa, con la cocina a pleno rendimiento. Su marido y su hijo mayor volverían con hambre.

Ción se sentó a la mesa con sus hijos más pequeños, estaba orgullosa de su familia.

Después de quedarse un buen rato adormilada en su sillón favorito, una vez acabado de recoger la cocina, se mojó el pelo y se refrescó la cara para salir al balcón desde donde vería llegar a puerto a sus Paulinos.

Era una tarde calurosa de finales de junio y de viento sur que secó su pelo a los pocos minutos de permanecer apoyada sobre la barandilla de su balcón. Su hogar estaba situado en una villa marinera exactamente a 43º 25' 42¨  N 4º 2' 37¨ O, ella lo sabía bien porque para su marido marcar esas coordenadas en el GPS de su barco, era lo más; significaba nada menos que la vuelta a casa y eso renovaba su espíritu.

-Aquí el Paulino2 por el canal cuatro, ¿me recibes?, cambio.-

Ción se atusó el pelo para acudir junto a la emisora e hizo el gesto de colocarse la falda y la camisa que ya tenía bien situadas.

-Desde luego que si, alto y claro. ¿queréis hablar con papá y con Paulinín? Preguntó Ción apresurada a sus hijos.-

Están viendo la tele, pero os mandan un beso. ¿por donde estáis? Cambio.-

-A unas treinta millas al este, no tardaremos más de tres horas.El mar está en calma, pero la carga ralentiza la marcha.-

Ción se alegró de oír eso. La faena había sido buena y eso aseguraba el jornal.

Paulino controlaba la navegación del barco atento a las labores que Paulinin desempeñaba en la proa.

-Es un buen hijo.- concluyó.

El barco comenzó a a batirse primero a babor y luego a estribor suave pero inesperadamente. El imprevisto zarandeo hizo que la experiencia de Paulino le obligara a realizar una exploración visual del entorno saliendo de la cabina del puente.

Estratos bajos y grises avanzaban rápidamente frente a ellos; una especie de niebla espesa que proyectaba una sombra negruzca sobre la mar, y un viento frío que lamió las amuras de estribor y el rostro de los seis marineros que formaban el total de la tripulación hizo que Paulino ordenara revisar rápidamente que todo estuviera bien amarrado y a los hombres que se pusieran a cubierto.

La galerna avanzaba con extraordinaria rapidez. A los pocos minutos el viento alcanzaba los noventa kilómetros por hora con rachas de ciento diez, la temperatura había descendido considerablemente, los gradientes de presión habían subido hasta el dígito cinco y un aguacero pertinaz se cebaba con el Paulino2 y su dotación marinera.

La visibilidad era escasa, pero el barco estaba bien equipado de aparatología moderna de navegación. El capitán cambió el rumbo hacia el oeste exigiendo a la maquina del barco toda su potencia para girar con agilidad, posteriormente hacia el suroeste y tener viento de popa que les ayudara en su regreso.

El mar pareció despertar de un mal sueño y la pesadilla enrabietó su carácter provocando olas de más de cuatro metros que golpeaban sobre la cubierta resistiendo esta los envites de un combate de agua, espuma y batahola.

Un golpe de mar hizo que Paulinín perdiera la sujeción. Resbaló peligrosamente por la cubierta. Su padre puso el piloto automático y salió de inmediato agarrándose donde podía para no perder el equilibrio e intentar llegar hasta él, las olas golpeaban con fuerza y la sal hervía dentro de las heridas originadas por algunos cortes en sus brazos. Los cuatro marineros restantes consiguieron formar una cadena humana llegando hasta donde estaban tendidos el padre y el hijo, los bruscos movimientos del barco zarandeaban la improvisada cadena dificultando el rescate.

A Paulino le pareció que todo aquello pasaba a cámara lenta y en esa sucesión de imágenes que sólo una situación de verdadero peligro ofrece, vio claramente los rostros de sus tres hijos: dos varones y una niña, y el de su mujer,Asunción, y pdió a Dios tener la oportunidad de volverlos a ver a todos de nuevo. Justo en ese instante aferró con fuerza la mano de su hijo convirtiendo su brazo en una maroma para ser más eficaz en su objetivo, había conseguido sujetar a su hijo. Sin embargo la suerte no parecía de su parte ese día, la fuerza del mar lo separó de la cubierta como una pluma haciéndole saltar por la amura de babor. A los que lo vieron les dejó perplejos, con la boca abierta y con los ojos anclados sobre la amura, sus rostros palidecieron. El brazo de Paulinín permanecía tenso por fuera de las tablas de protección en una postura imposible mientras el barco giró al suroeste después de que uno de los marineros se hiciera con él.

La tarde inventó un grotesco gesto de reverencia para que la noche ocupara su lugar.

Ción llevaba mucho tiempo intentando establecer contacto con el Paulino2. Estaba nerviosa salía y entraba del balcón a la sala y de la sala al balcón. A duras penas sujetó la puerta que daba al exterior y evitar que el viento la arrancara de cuajo. Sus dolores habían desaparecido, pero un nudo en la garganta le hacía respirar con dificultad. Sabía lo que el celaje y aquel viento significaban.

Sacó los prismáticos para luz nocturna y solo devolvieron oscuridad, en la bocana del puerto no había actividad. La niña y el joven Emilio, su hermano, también.

La bocina del barco sonó tres veces. A Ción le dio un vuelco el corazón.

Aquella noche se transformó en una de sus mejores noches. Ni la espalda, ni los hombros, ni las rodillas. Su marido dormía entre sus brazos y sus hijos estaban a salvo.

Esa madrugada, las katiuscas y el fango tuvieron que esperar.

AUTOR DEL RELATO: FERNANDO MARTÍN MORALES.

FOTOGRAFÍA CEDIDA POR: ñOCO. "La mirada ausente" "Cristal rasgado"


martes, 17 de julio de 2012

SENTADO MIRANDO FAROS


ASOCIACIÓN NÁUFRAGOS DE LA MAR.
I CERTAMEN DE RELATOS CORTOS.
Junio de 2012

SEGUNDO PREMIO:  SENTADO MIRANDO FAROS.
Autor: Alfonso C. Gil Álvarez.

Mirando faros, había empleado más de media vida. Invariablemente se había sentado a mirar un faro, donde quiera que fuera, donde lo hubiera. Siempre lo había ya que sus viajes los programaba, inexcusablemente, por la costa, por cualquier costa. Se sentaba mirando al faro y mirando a donde el faro miraba. De miradas se trataba.

Le gustaban los faros. Sus formas y sus colores, que de colores los había. Todos le gustaban sin importarle su altura o detalles técnicos de su construcción. Decía que todos tenían su lado bello, el lado de su mirada.

Ahora, sentado en la punta de un pequeño cabo, atado a sus rocas, ya que sus pies parecían haberse fundido con aquella caliza de sesenta millones de años, miraba sus faros. Uno, por el rabillo del ojo, a su izquierda. El otro, al frente, a 1,079 millas, y el más lejano, a 6,479. Él prefería hablar en millas, aunque por tierra siempre se hubiera movido en kilómetros.

De tanto observarlos llegó a enterarse de su secreto. Se hablaban entre si. Así me lo contó, aquella vez que estuve sentado a su lado mientras grandes olas de seis metros pasaban por nuestros pies. Por nuestros pies, no bajo nuestros pies. Él, adherido al cabo. Yo, aferrado a él. El viento… zarandeándonos. La espuma… lamiéndonos.

El faro de la izquierda, a un tercio de milla hacia el noroeste, desde sus treinta metros de altura, emitía ráfagas incandescentes con una extraña fórmula, un periodo de 0.4+<2.1>+0.4+<7.1>=10. Él sabía lo que significaba. Yo no. Además sabía de los horrores realizados a sus pies, en una incivil guerra. Yo también.
El otro, también cercano, enclavado en una pequeña isla a poco más de una milla, estaba muy triste desde que lo habían descabezado descendiéndole a la categoría de baliza. Aún así, muy digno, lloraba ráfagas de uno más dos blancos destellos cada veintiún segundos… como el peso del alma… dicen… Y yo me digo que para mí nunca será una baliza, será un faro que nos mire desde sus casi treinta y nueve metros sobre el nivel del mar, que en días de sur será acariciado por espumas blancas de olas azules hasta que el infinito reloj de arena agote sus granos.

Y el último, el más lejano, a 8,2 millas de distancia, se comunicaba, con quién quisiera verlo, a base de tres ocultaciones cada dieciséis segundos. Sus 17 millas de alcance doblaban la línea del horizonte, asomándose al amanecer. Dieciséis metros de altura no es mucho para su orgullo pero con el acantilado sobre el que se erige alcanza los 60 y le hace aparecer entre los cabos recitados por los escolares de hace años…. cuando se recitaban los cabos y golfos… y también las letanías. Ora pro nobis peccatoribus.

Hasta ahí, todo normal. Una historia de faros y de un amante de faros.

Anselmo se llamaba. Bastantes veces había estado con él, siempre en días soleados, cuando me apetecía pasear por ese bello recorrido de la única ciudad del cantábrico que mira al sur. Era un itinerario frecuentado a cualquier hora del día. Para algunos, era su ruta del infarto. Les habían recetado andar luego andaban.

Un día me dispuse hacer un paseo nocturno por esa zona. Quería hacer algunas fotografías en las que las luces de las playas fuesen las protagonistas. La zona a la que me refiero es el hermoso paseo, ya citado, el que conduce a ese pequeño cabo, un cabo ‘menor’. Llevaba una pequeña linterna, para ayudar a la tenue luz de aquella luna en cuarto creciente que peleaba incruentamente con unas breves nubes. A medida que me acercaba al cabo, creí percibir una exigua luminiscencia, similar a la que emite una luciérnaga. Tardé un casi nada en confirmar mi intuición. ¡Era él! ¡Anselmo! No sé precisar la duración de un casi nada. Juraría que son sólo segundos. No sé cuántos.

También él me reconoció, en la penumbra. Reconoció, sin verlo, el gesto de preocupación de mi cara. No mostró sorpresa alguna al encontrarme por allí, a esa tardía hora en la que las sombras se enseñoreaban de las rocas. Me tranquilizó al comenzar a hablar. Cómo un manantial… así brotaron las palabras.

Me explicó qué, en ese momento, estaba en comunicación con varios faros gallegos. El faro de Touriñán se quejaba de que nadie sabía que era él quién se situaba en el punto más occidental, que el mundo plano se acababa allí, a sus pies, que allí comenzaba el Hades. El faro del cabo Vilán le estaba contando, como si fuera en directo, que estaba asistiendo a un naufragio, en el qué, afortunadamente, no había pérdidas humanas. Hizo Anselmo un inciso para recordarme aquel famoso naufragio, el del ‘Serpent’, que dejó allí mismo, durmiendo, 172 sueños salados, cerca de aquellos enormes graníticos cantos rodados. 172 almas en sueño eterno vigilando galernas y tempestades.

Esa febril actividad, me confesó sin rubor alguno, la tenía durante largas oscuras noches en las que la luna no distraía su comunicación con un sinfín de faros. Mientras me hablaba, se interrumpía constantemente con noticias de otros fanales. Mantenía, Anselmo, un triángulo amoroso con todos los gallegos y con los de la Bretaña francesa, no importándole, de vez en cuando, el contacto con cualquier otro de cualquier costa, sin considerar distancia alguna. Al parecer, la curvatura de la tierra no era obstáculo. Jugaba con las palabras y me decía que le encantaba el faro de Faro, que le traía frescas historias de Ilha Formosa. Daba por supuesto que yo sabía la geografía de El Algarve.

Noté una extraña sensación. Muy extraña. Fue casi repentina. Me sobrevino en un instante en el que disminuí mi atención al ameno discurso de Anselmo. No sé si estaba siendo objeto de una alucinación, o de algún fenómeno paranormal, pero creí entender algún mensaje de un cabo del fin del mundo. No sé si me hablaba el de Fisterra, del Camino de Santiago, o tal vez el Finistère de la Bretaña francesa. Hasta noté alguna interferencia del faro de Maspalomas. Miré mis pies. Me dio la sensación de que se estaban pegando al suelo. Miré los pies de Anselmo. Estaban realmente fundidos en aquella piedra caliza de sesenta millones de años. Puse más atención. No percibí movimiento alguno en sus piernas, sus pantalones no eran movidos por el viento. Su torso no giraba, sus brazos no se movían. Comencé a sospechar que Anselmo se estaba petrificando. Suposición ridícula pero suposición. Le miré a los ojos. Aquellos ojos emitían una extraña luz, muy brillante… y en destellos que estaban iluminando el horizonte. No me quedé a contar la frecuencia.


Notas al pie del faro:
Cabo Mayor y Cabo de Ajo, con sus faros, son faros cántabros a recitar
El Cabo Menor no se recitaba
El faro de la Isla de Mouro, será siempre un faro, aunque sea una baliza

viernes, 6 de julio de 2012

SIRENAS NEGRAS

                              
ASOCIACIÓN NÁUFRAGOS DE LA MAR.
I CERTAMEN DE RELATOS CORTOS.
Junio de 2012 


PRIMER PREMIO:  SIRENAS NEGRAS
Autora: Rosa Ayesa Arriola 


Te miro, debajo de mis zapatillas blancas, salvaje, embravecida; tratando de alcanzarme cuando avanzas; dejando una espuma blanca, rabiosa, en las retiradas. El gris plomizo que está sobre mi cabeza choca contra tu superficie y lo haces rebotar, con destellos de distinta intensidad, en los entrantes y salientes del acantilado, en el verde fronterizo que sujeta mis pies, y contra mí, impregnándolo todo. Las ráfagas me empujan y el pelo indomable me golpea el rostro. Las gaviotas chillan en tierra augurando que estás de tormenta.

 - ¿A cuántos te has llevado sin pedir su permiso? ¿Cuántos se han entregado a ti?, pregunto, temerosa, sorprendida de mi propio atrevimiento.

El viento fuerte y frío, arrogante por tu expreso deseo, comienza a gritarme.

 - Aquel para ti sólo era el marido de tu vecina, el padre de esas niñas que jugaban contigo…

 - Sí, un gigante silencioso, alto, delgado, de pelo negro muy lacio, que aparecía al abrirse la puerta del ascensor, y que volvía a desaparecer mucho tiempo, porque era pescador en “los Mares del Norte”. Cuando volvía traía regalos: alcohol y tabaco para los mayores; relojes digitales y calculadoras para los niños.

 - Para mí no era uno más…Ya lo había tentado varias veces...

Él se había salvado varias veces, ¿me salvaré yo? Las olas seguían batiéndose bajo mis pies, y los cantos llegaban susurrando promesas.

 - Aquel día, al sumergirme te pude ver acechando su barco; al pasar el segundo 130, mirando a los lados para asegurarme de ser la última en subir, pude sentirte. Después del entrenamiento, con el pelo empapado y la mochila sobre mi espalda, me crucé con las fuerzas vivas que bajaban del entierro del pescador. No sabía que había dejado Gran Sol, que había cambiado su vida de Ismael por una más segura. De niña lo imaginaba siempre atado con gruesas cuerdas, mientras las olas pasaban sobre el barco, empuñando una caña de la que colgaba una merluza tan grande como él. Pero fue una roca y no una ola el arma que utilizaste. El filo de la “Picachilla” hirió de muerte el casco del pesquero y en segunda intención una madera encontró su nuca.

 - No tienes ni idea, ¿sabes por qué recuerdas lo de la cuerda? Porque oíste a su mujer contar una historia de otro al que él rescató ¿Quieres que te lo cuente? Te lo contaré por ser tú. Trataban de halar la red durante una marejada, fuerte lluvia golpeando sus rostros, viento rolando y amolando, la noche cayendo sobre ellos. Pero, las merluzas y bacalaos valían más que sus vidas. Lo arrastré en una ola, angulosa al atraparlo, espumosa cuando lo tenía asegurado... Él se quitó el traje de aguas y las botas, se pasó un chicote alrededor de su cuerpo y se lanzó a por el compañero que aún braceaba. Llegó a tocarlo, quiso arrebatármelo, pero al final me lo llevé yo… A él lograron subirlo. Aún veo cómo temblaba en su litera del rancho de popa mientras el barco hacía capa a cien millas de Irlanda; por el ojo de buey, que empañaba la respiración de los hombres que esperaban el fin de la capa silenciosos en sus literas, lo espiaba. El compañero al que nunca volvieron al ver y que no pudieron enterrar en el cementerio Bantry pesaba sobre su conciencia, la conciencia de un patrón que ha hecho a sus hombres correr peligros por un puñado de peces. En ese cementerio hay un rincón para los españoles, un lugar tranquilo para descansar en un ataúd hecho con las tablas de las cajas de la pesca, teñidas con pintura negra cuyo uso también era otro.

 - Ese hombre tenía cinco hijos pequeños. Su mujer se quedó sola y sin ninguna pensión con la que sacar a esos niños adelante. Los compañeros acordaron juntar un dinero cada mes y entregárselo, pero pronto se olvidaron. Es cierto, mi vecina me contó esa historia cuando recuperó las ganas de hablar, cuando creyó que yo necesitaba hablar. Esa historia y muchas otras…

 - Otra vez también le tenté entre una densa niebla; también durante la noche, una noche en la que no había ni un poco de brisa. Las sirenas de los barcos sonaban, pero el mercante iba con prisa y no vio lo que se llevaba por delante. Todos se lanzaron por la borda antes de que los alcanzase la gran mole metálica y fueron recogidos, sujetos a restos flotantes, por otros barcos que oyeron el impacto y los gritos de socorro. El mercante ni paró a ver qué había sucedido. Lo pararon en Pasajes, y sólo llevaba en el casco una pequeña marca de pintura.

- ¿Sabes cuántos días le vio su mujer en los siete años que trabajó en ese pesquero gallego? Los tenía contados. Le veía tres días al mes, una de cada dos mareas. No podían venir las dos porque el viaje desde Galicia era cansado y caro. Doscientos cincuenta y dos días. Ni un año completo, sumados todos y cada uno de esos días, lo había tenido para ella. No llegó al bautizo de su hija pequeña… el barco no entró a puerto a tiempo. Y ella le debía mucho dinero al banco, que había tenido que pedir para dar de comer a sus hijas; cada vez pedía un poco más, sin saber cómo podría devolverlo, porque los últimos años las costeras habían sido malas. Te lo llevaste cuando se empezaban a acercar.

- ¿Quieres saber cómo fue? Te lo contaré por última vez. El viento lo agitaba todo, como ahora, y el patrón me desafió. Había pasado mil veces por allí, con temporales parecidos, mar de fondo, pero esa vez calculó mal. Una profunda grieta en el casco y ese maloliente artificio no aguantó ni cinco minutos. Se entregó a mí, obediente, con un lastimero aullido de despedida. La lancha neumática no se hinchó y todos trataban de subir a una barca de remos azotada sin descanso por las olas. Era como un juego: ellos tratando de subir y ellas apartándosela. El mismo barco cuando se hundió completamente provocó una gran ola que volcó esa “barcucha” y todos quedaron a mi disposición. El ruido del chocar con las rocas alertó a los barcos vecinos que llegaron a por ellos. Para él ya no había sitio en esos barcos, estaba conmigo. Se había partido el cuello al darse vuelta la barca. Lo recogieron flotando, y lo subieron a bordo, pero, cuando se dieron cuenta de que estaba muerto me lo devolvieron.

- Su mujer tenía un temor, algo que la atormentaba, que solía presentarse en pesadillas. Era que su marido no le diese un beso de despedida, que cerrase la puerta sin decirle adiós mientras ella fregaba los platos. Y se fue sin darle ese beso; estaban enfadados, ya no recuerda ni por qué, probablemente porque él había pasado más tiempo con sus amigos que con ella durante el fin de semana… él contaba las horas que estaban durmiendo como tiempo que estaban juntos y ella no. Y no le dio el beso. Una vez soñó que él volvía, la besaba, y se marchaba de nuevo. Esa fue su despedida.

- Sois estúpidos, ingratos, peores que el más vil de mis escualos; sólo en algunos de vosotros alumbra un destello de generosidad, como en ti.

- Lo mío no es generosidad… ¿Y a ella? ¿Por qué te la llevaste a ella? ¡Sólo tenía seis años!

- Pequeños caprichos.

- La primera vez que subí a una Zodiac de rescate aún no te conocía bien. Sin perder ese miedo que siempre me has dado, me sentí en armonía contigo; me sentí capaz de ser feliz. Pero cuando vi que aquel cuello no tenía pulso, supe que jamás lo conseguiría, en ningún sitio del mundo, en ningún oficio. Cuando la saqué del agua sé que aún vivía. La puse de medio lado para que expulsase el agua tragada y volví a ponerla de cúbito. Metí mi dedo índice en forma de gancho en su boca, buscando algo que pudiese estar atrapado en la garganta, eché su cabecita ligeramente hacía atrás, cogí el poco aire que cabía en mis pulmones, e insuflé dentro de la pequeña boca. Después busqué con los dedos el hueco en extremo del esternón, coloqué el final de mi muñeca y principio de mi mano sobre ese hueco, un poco a la izquierda, y apreté, ayudada por mi otra mano, cinco veces seguidas, ese corazón, llamando a la sangre para que volviese a hacerlo andar. Otra vez aire en sus labios y cinco llamadas más, con miedo de cargarme demasiado y romper sus débiles huesos… contando en voz alta: uno, dos, tres, cuatro, cinco… Volvía a la boca… uno; y otra vez al corazón: uno, dos, tres, cuatro, cinco… Dicen que estuve así cuarenta minutos, rodeada cada vez por más y más espectadores a los que yo nunca vi. Dicen que no dejé que nadie me ayudase y que tuvieron que apartarme de la niña entre tres personas, porque ella ya estaba de un tono azulado que contrastaba con el rojo de mis manos, de mi cara y de mi cuello… Dicen que tuvieron que ponerme Valium para que dejase de gritar…

- Ya estaba muerta cuando la sacaste, cuando la dejaste sobre la arena.

- Conocí a sus padres. Vinieron a agradecerme lo que no había hecho, lo que había tratado de hacer. Eran de Burgos y habían dejado a la niña con sus abuelos que veraneaban en Laredo, para que disfrutase de la playa… Dijeron que era muy revoltosa…

- Sí que lo era. Una delicia de rizos rubios que me quería y me admiraba tanto como tú.

- Yo no te admiro, yo te temo.

- Tú me respetas, por eso te quiero conmigo.

- No debiste hacerlo; no debiste hacérmelo. Debiste dejar que la salvara.

- Las lágrimas se deslizan por mi cara y oigo que siguen cantando las Sirenas Negras. Hoy tampoco me entregaré a ti, no me tendrás entre tus brazos. Lentamente te doy la espalda y me alejo del acantilado.