viernes, 6 de julio de 2012

SIRENAS NEGRAS

                              
ASOCIACIÓN NÁUFRAGOS DE LA MAR.
I CERTAMEN DE RELATOS CORTOS.
Junio de 2012 


PRIMER PREMIO:  SIRENAS NEGRAS
Autora: Rosa Ayesa Arriola 


Te miro, debajo de mis zapatillas blancas, salvaje, embravecida; tratando de alcanzarme cuando avanzas; dejando una espuma blanca, rabiosa, en las retiradas. El gris plomizo que está sobre mi cabeza choca contra tu superficie y lo haces rebotar, con destellos de distinta intensidad, en los entrantes y salientes del acantilado, en el verde fronterizo que sujeta mis pies, y contra mí, impregnándolo todo. Las ráfagas me empujan y el pelo indomable me golpea el rostro. Las gaviotas chillan en tierra augurando que estás de tormenta.

 - ¿A cuántos te has llevado sin pedir su permiso? ¿Cuántos se han entregado a ti?, pregunto, temerosa, sorprendida de mi propio atrevimiento.

El viento fuerte y frío, arrogante por tu expreso deseo, comienza a gritarme.

 - Aquel para ti sólo era el marido de tu vecina, el padre de esas niñas que jugaban contigo…

 - Sí, un gigante silencioso, alto, delgado, de pelo negro muy lacio, que aparecía al abrirse la puerta del ascensor, y que volvía a desaparecer mucho tiempo, porque era pescador en “los Mares del Norte”. Cuando volvía traía regalos: alcohol y tabaco para los mayores; relojes digitales y calculadoras para los niños.

 - Para mí no era uno más…Ya lo había tentado varias veces...

Él se había salvado varias veces, ¿me salvaré yo? Las olas seguían batiéndose bajo mis pies, y los cantos llegaban susurrando promesas.

 - Aquel día, al sumergirme te pude ver acechando su barco; al pasar el segundo 130, mirando a los lados para asegurarme de ser la última en subir, pude sentirte. Después del entrenamiento, con el pelo empapado y la mochila sobre mi espalda, me crucé con las fuerzas vivas que bajaban del entierro del pescador. No sabía que había dejado Gran Sol, que había cambiado su vida de Ismael por una más segura. De niña lo imaginaba siempre atado con gruesas cuerdas, mientras las olas pasaban sobre el barco, empuñando una caña de la que colgaba una merluza tan grande como él. Pero fue una roca y no una ola el arma que utilizaste. El filo de la “Picachilla” hirió de muerte el casco del pesquero y en segunda intención una madera encontró su nuca.

 - No tienes ni idea, ¿sabes por qué recuerdas lo de la cuerda? Porque oíste a su mujer contar una historia de otro al que él rescató ¿Quieres que te lo cuente? Te lo contaré por ser tú. Trataban de halar la red durante una marejada, fuerte lluvia golpeando sus rostros, viento rolando y amolando, la noche cayendo sobre ellos. Pero, las merluzas y bacalaos valían más que sus vidas. Lo arrastré en una ola, angulosa al atraparlo, espumosa cuando lo tenía asegurado... Él se quitó el traje de aguas y las botas, se pasó un chicote alrededor de su cuerpo y se lanzó a por el compañero que aún braceaba. Llegó a tocarlo, quiso arrebatármelo, pero al final me lo llevé yo… A él lograron subirlo. Aún veo cómo temblaba en su litera del rancho de popa mientras el barco hacía capa a cien millas de Irlanda; por el ojo de buey, que empañaba la respiración de los hombres que esperaban el fin de la capa silenciosos en sus literas, lo espiaba. El compañero al que nunca volvieron al ver y que no pudieron enterrar en el cementerio Bantry pesaba sobre su conciencia, la conciencia de un patrón que ha hecho a sus hombres correr peligros por un puñado de peces. En ese cementerio hay un rincón para los españoles, un lugar tranquilo para descansar en un ataúd hecho con las tablas de las cajas de la pesca, teñidas con pintura negra cuyo uso también era otro.

 - Ese hombre tenía cinco hijos pequeños. Su mujer se quedó sola y sin ninguna pensión con la que sacar a esos niños adelante. Los compañeros acordaron juntar un dinero cada mes y entregárselo, pero pronto se olvidaron. Es cierto, mi vecina me contó esa historia cuando recuperó las ganas de hablar, cuando creyó que yo necesitaba hablar. Esa historia y muchas otras…

 - Otra vez también le tenté entre una densa niebla; también durante la noche, una noche en la que no había ni un poco de brisa. Las sirenas de los barcos sonaban, pero el mercante iba con prisa y no vio lo que se llevaba por delante. Todos se lanzaron por la borda antes de que los alcanzase la gran mole metálica y fueron recogidos, sujetos a restos flotantes, por otros barcos que oyeron el impacto y los gritos de socorro. El mercante ni paró a ver qué había sucedido. Lo pararon en Pasajes, y sólo llevaba en el casco una pequeña marca de pintura.

- ¿Sabes cuántos días le vio su mujer en los siete años que trabajó en ese pesquero gallego? Los tenía contados. Le veía tres días al mes, una de cada dos mareas. No podían venir las dos porque el viaje desde Galicia era cansado y caro. Doscientos cincuenta y dos días. Ni un año completo, sumados todos y cada uno de esos días, lo había tenido para ella. No llegó al bautizo de su hija pequeña… el barco no entró a puerto a tiempo. Y ella le debía mucho dinero al banco, que había tenido que pedir para dar de comer a sus hijas; cada vez pedía un poco más, sin saber cómo podría devolverlo, porque los últimos años las costeras habían sido malas. Te lo llevaste cuando se empezaban a acercar.

- ¿Quieres saber cómo fue? Te lo contaré por última vez. El viento lo agitaba todo, como ahora, y el patrón me desafió. Había pasado mil veces por allí, con temporales parecidos, mar de fondo, pero esa vez calculó mal. Una profunda grieta en el casco y ese maloliente artificio no aguantó ni cinco minutos. Se entregó a mí, obediente, con un lastimero aullido de despedida. La lancha neumática no se hinchó y todos trataban de subir a una barca de remos azotada sin descanso por las olas. Era como un juego: ellos tratando de subir y ellas apartándosela. El mismo barco cuando se hundió completamente provocó una gran ola que volcó esa “barcucha” y todos quedaron a mi disposición. El ruido del chocar con las rocas alertó a los barcos vecinos que llegaron a por ellos. Para él ya no había sitio en esos barcos, estaba conmigo. Se había partido el cuello al darse vuelta la barca. Lo recogieron flotando, y lo subieron a bordo, pero, cuando se dieron cuenta de que estaba muerto me lo devolvieron.

- Su mujer tenía un temor, algo que la atormentaba, que solía presentarse en pesadillas. Era que su marido no le diese un beso de despedida, que cerrase la puerta sin decirle adiós mientras ella fregaba los platos. Y se fue sin darle ese beso; estaban enfadados, ya no recuerda ni por qué, probablemente porque él había pasado más tiempo con sus amigos que con ella durante el fin de semana… él contaba las horas que estaban durmiendo como tiempo que estaban juntos y ella no. Y no le dio el beso. Una vez soñó que él volvía, la besaba, y se marchaba de nuevo. Esa fue su despedida.

- Sois estúpidos, ingratos, peores que el más vil de mis escualos; sólo en algunos de vosotros alumbra un destello de generosidad, como en ti.

- Lo mío no es generosidad… ¿Y a ella? ¿Por qué te la llevaste a ella? ¡Sólo tenía seis años!

- Pequeños caprichos.

- La primera vez que subí a una Zodiac de rescate aún no te conocía bien. Sin perder ese miedo que siempre me has dado, me sentí en armonía contigo; me sentí capaz de ser feliz. Pero cuando vi que aquel cuello no tenía pulso, supe que jamás lo conseguiría, en ningún sitio del mundo, en ningún oficio. Cuando la saqué del agua sé que aún vivía. La puse de medio lado para que expulsase el agua tragada y volví a ponerla de cúbito. Metí mi dedo índice en forma de gancho en su boca, buscando algo que pudiese estar atrapado en la garganta, eché su cabecita ligeramente hacía atrás, cogí el poco aire que cabía en mis pulmones, e insuflé dentro de la pequeña boca. Después busqué con los dedos el hueco en extremo del esternón, coloqué el final de mi muñeca y principio de mi mano sobre ese hueco, un poco a la izquierda, y apreté, ayudada por mi otra mano, cinco veces seguidas, ese corazón, llamando a la sangre para que volviese a hacerlo andar. Otra vez aire en sus labios y cinco llamadas más, con miedo de cargarme demasiado y romper sus débiles huesos… contando en voz alta: uno, dos, tres, cuatro, cinco… Volvía a la boca… uno; y otra vez al corazón: uno, dos, tres, cuatro, cinco… Dicen que estuve así cuarenta minutos, rodeada cada vez por más y más espectadores a los que yo nunca vi. Dicen que no dejé que nadie me ayudase y que tuvieron que apartarme de la niña entre tres personas, porque ella ya estaba de un tono azulado que contrastaba con el rojo de mis manos, de mi cara y de mi cuello… Dicen que tuvieron que ponerme Valium para que dejase de gritar…

- Ya estaba muerta cuando la sacaste, cuando la dejaste sobre la arena.

- Conocí a sus padres. Vinieron a agradecerme lo que no había hecho, lo que había tratado de hacer. Eran de Burgos y habían dejado a la niña con sus abuelos que veraneaban en Laredo, para que disfrutase de la playa… Dijeron que era muy revoltosa…

- Sí que lo era. Una delicia de rizos rubios que me quería y me admiraba tanto como tú.

- Yo no te admiro, yo te temo.

- Tú me respetas, por eso te quiero conmigo.

- No debiste hacerlo; no debiste hacérmelo. Debiste dejar que la salvara.

- Las lágrimas se deslizan por mi cara y oigo que siguen cantando las Sirenas Negras. Hoy tampoco me entregaré a ti, no me tendrás entre tus brazos. Lentamente te doy la espalda y me alejo del acantilado.

5 comentarios:

Cabopá dijo...

Un buen relato, merecedor del premio.
El lenguaje de la mar se oye de fondo, una maravilla los diálogos.

Quién ha escrito conoce muy bien los términos marineros, los sufrimientos que la mar acarrea hasta la orilla de cualquier acantilado personal..

Me ha gustado mucho. Felicidades a la ganadora.
Muchos besicos para ella y para los componentes de la Asociación Náufragos de la Mar

teca dijo...

Gostei muito, muito... o mar foi tomando forma com o relato... totalmente merecedor de um prêmio!
Parabéns à escritora.

Beijo carinhoso.

ruma dijo...

Hello, El tejón.

  It is my joy to share your wonderful work.
  And sweet message charms my heart.

  I pray for your happiness and world peace.

Have a good weekend. From Japan, ruma ❃

Laura dijo...

Buen relato ganador y merecedor del premio.

También quise participar ...pero...en Correos me devolvieron el sobre por "Dirección desconocida". Les avisé por mail de lo que ocurría y nunca obtuve respuesta.

Un abrazo para la ganadora.

Esmeralda dijo...

Felicidades por este premio.

Un texto que te lleva a compartir vivencias y sufrimientos vividos.
me ha gustado mucho.

salut