jueves, 27 de diciembre de 2012

LA SOLEDAD DEL MARINO



  Tarde perezosa en la Playa de Almenara. A una mañana ociosa siguió una pantagruélica comida y, tras ella, la consecuente siesta. Subí a mi camarote y me tumbé en la cama, sobre la suave colcha de verano. A través de la ventana abierta llegaba el rumor de las olas batiendo en la playa,  y la brisa marina hacía ondular caprichosamente las largas cortinas de lino beige, a través de las cuales se filtraba la luminosidad del mediodía mediterráneo. Junto a la ventana tengo uno de esos colgantes que tintinean con el movimiento; con la brisa, los pequeños delfines metálicos que penden de sus hilos campanean con delicadeza. Es un recuerdo que traje de... de algún puerto del Mediterráneo oriental, aunque no recuerdo ya cual. Quizás fuera Tesalónica, o Suda. O tal vez Antalya, o Limassol.

    Me sentí placenteramente a gusto tumbado, suspendido en ese impreciso estado de duermevela, a punto de dejarme llevar desde el viejo Mediterráneo al fascinante mundo de los sueños.

    Pero los cumulonimbus que se arremolinaban a mediodía al Norte descargaron los previsibles chubascos que me despertaron de la siesta; algunas gotitas atrevidas mojaron mis pies, próximos a la ventana, y me recordaron al Juan Sin Miedo del cuento de los Hermanos Grimm.

    Me  estiré, desperezándome, y me dejé llevar por los pensamientos. La anterior claridad de la estancia había dado paso a la penumbra de los nubarrones. Las gotitas repiqueteaban afuera, aún se oía el sordo rumor de la Mar en su incesante vaivén. Por lo demás, silencio. Silencio y soledad.

Y allí, en mi inmóvil camarote de tierra, la soledad del marino se cernió una vez más sobre mí.

    Es creencia común entre la gente de tierra que la llamada soledad del marino es un fantasma que acecha en los barcos que surcan mares y océanos. Pero es en tierra donde este fantasma se deja sentir con más intensidad, causando estragos en hombres curtidos y arrastrando a tantos pobres diablos a la bebida. Los marinos pasan, pasamos, más tiempo en la Mar que en tierra. Mucho más. Largos meses separados de nuestros ambientes, de nuestras familias, de nuestros hogares. Durante las campañas, o mareas, los compañeros de tripulación se convierten también en familia. Y, como en todas las familias, no siempre bien avenidos; pero ése es otro cantar. Juntos arrostramos las vicisitudes de la vida marinera, los rigores de la Mar, los peligros del día a día. Viviendo a menudo con la sombra del naufragio planeando sobre nuestras cabezas, padeciendo inclemencias meteorológicas que van de los fríos polares a los calores tropicales. Capeando temporales con el corazón en un puño y la incertidumbre propia de tales lances, que acaba por desarrollar en los marinos ese fatalismo tan característico como peculiar.

    Sin embargo, a pesar del compañerismo y de los fuertes lazos de amistad que se forjan en la Mar, vivimos a bordo sometidos a una jerarquía clara y definida. Aquello que yo tiendo a llamar despotismo naval, que es además, a mi juicio, el más acertado de los sistemas de gobierno y el único que lleva funcionando ininterrumpidamente desde los albores de los tiempos; desde los tiempos de Ulises, el navegante primigenio, que ya surcaba el Mediterráneo ocho siglos antes de Cristo, hasta el día de hoy. Pero sea cual sea el cargo del tripulante, todos sufrimos las incomodidades de la vida a bordo, los azares y peligros de la Mar, la lejanía del hogar y la soledad. 
 
No obstante es en tierra, como decía al principio, donde el sentimiento de soledad arrecia. Cuando llega el día de embarcar saltamos a bordo con el petate al hombro y navegamos una cantidad variable de meses, meses durante los cuales la vida en tierra continúa sin nosotros. Al regresar nos encontramos cambios, y apenas da tiempo a acoplarse a ellos durante las vacaciones cuando llega el momento de volver a hacerse a la Mar. Y así, sucesivamente. Pasa el tiempo y la vida en tierra va cambiando. Unos que vienen, otros que se van. Amigos que ya no están, otros que cambiaron de grupo, o de vida, o de ciudad. Gente nueva y desconocida en la pandilla, si la conservas. Nuevas tramas en el culebrón de la vida a las que permanecías ajeno en la distancia, y en las que no acabas de integrarte por la larga ausencia. Ya nada es igual que cuando te marchaste, y el pasado no volverá. Las mujeres o novias a menudo buscan consuelo, fogosidad o ardor en otros brazos; aunque ellas, prudentes  e inteligentes, lo hacen con mucha más sutileza que los hombres. Los hijos crecen sin apenas conocer a sus padres. En ocasiones llegan a olvidarlos. No puedo evitar conmoverme al recordar aquella frase que espetó el hijo mayor de un capitán, el mayor de nueve hermanos que se había erigido, a pesar de ser apenas un adolescente, en la figura masculina del hogar, a su padre cuando éste regresó del barco en una ocasión: -”¡Tú vete a mandar al barco!”-.

    De tal modo uno acaba por sentirse un verdadero extraño, ajeno en su propia casa, desarraigado en su propio mundo, enfrentado a los fantasmas que surgen de los insondables abismos de la soledad. Y así, entre Escila y Caribdis, en ocasiones se descubre uno deseando volver a bordo, a ese mundo que conoce, ordenado y metódico, con otros hombres de su especie y condición. Como alguien escribió en una ocasión, creo que don Arturo Pérez-Reverte, “la Mar da más olvido que la muerte, nada de tierra adentro le sobrevive. Es el analgésico perfecto.” Y cada cual capea como puede; se cae entonces en los típicos tópicos tan manidos por todos, desde escritores de secano hasta contramaestres de muralla, tan veraces en unas ocasiones como injustos en otras. No es infrecuente que el marino, atenazado por su soledad, busque refugio en los brazos de queridas o entre las piernas de mujerzuelas de dudosa reputación, o se consuele buscando el olvido en la bebida. El olvido de lo que dejó atrás, o de lo que pueda estar por venir. Actitudes censuradas por la gente de secano, tan humana y tan hipócrita, ajena en su ignorancia a este mundo salado de soledad tan vasta como el inmenso océano. Pero es cada palo el que aguanta su vela, y cada uno trenza sus obenques y estays  a su particular manera para intentar mantener la cordura, la ilusión y las ganas; para, en definitiva, aguantar. Unos se entregan a los vicios mundanos, otros al despotismo, otros a la escritura. Y así vamos navegando, ora en bonanza, ora capeando, hasta que la inmisericorde Mar arroja a tierra nuestros despojos arrugados y envejecidos tras una vida de dedicación a ella.

  Sólo un puñado de verdaderos amigos permanecen ahí; amistades francas y leales, capaces de soportar la dura prueba del inexorable tiempo gobernado despiadadamente por Chronos.  Dice una vieja frase que “quien deja de ser amigo, nunca lo fue”. Afortunadamente hay amistades intensas, especiales, a las que ni el tiempo ni la distancia son capaces de hacer mella. Puedes regresar tras largos meses sin contacto y ser recibido con el mismo candor y cariño que si te hubieras despedido tras la cena de ayer. Me encuentro entre los afortunados que atesoran varias de ellas; pero no a todo el mundo le sonríe igual la voluble y cruel Fortuna.

    Pero incomparable es, en su alborozada ternura, el recibimiento que te brinda un perro, no en vano llamado ‘el mejor amigo del hombre’. Su cariño, su lealtad incondicional, su candor, enternecen al más bregado. Sus brincos descontrolados cuando te siente cerca tras meses de Mar y sus aullidos de alegría; el profundo e inmenso afecto que destilan sus ojos, profundos, nobles y leales, sus húmedos lengüetazos. Siempre me entendí mejor con los animales que con las personas.

    En cierta ocasión, no muy lejana, tras una campaña en la Mar desembarqué en puerto español. Lo hice con el capitán, marino veterano y avezado, de los de antes; un hombre de quien aprendí mucho a bordo no sólo del oficio, sino también del trato humano y psicología marinera. Condujimos hasta Levante, atravesando la península, y cuando recalamos en su hogar insistió para que entrara a descansar y merendar antes de proseguir mi camino. Conocí a su esposa, una verdadera dama y señora. Charlamos animadamente mientras tomamos un café y unas pastas, y culminamos la merienda con un whiskey él y ginebra con tónica yo. Aunque no exhibieron ante mí ninguna manifestación de amor o pasión exageradas, no escaparon a mi atención ciertos detalles de ternura: un leve roce, un cruce de miradas silenciosas, un gesto vago e impreciso. Mientras tomábamos los licores, la mujer posó con delicadeza su mano en el antebrazo de mi capitán, y percibí un leve apretón. Ese gesto me conmovió, en cierto modo. Tras un breve silencio no pude evitar exteriorizar mi pensamiento:
    -”¿Cómo se consigue?”- pregunté, dirigiéndome a ambos y a nadie en particular -”¿Cómo se mantiene una relación y una familia a través de tantos años de Mar y de separaciones con éxito? ¿Cómo se mantiene todo unido?”.

    El viejo sonrió taimado, observándome desde su sillón a través del humo de su cigarro. Su sonrisa destilaba paz y sabiduría. Años de vida. Dio una chupada a su cigarro y contestó despacio, espaciando las palabras, con serenidad infinita y aplomo:
    -”Hace falta una mujer muy dura... Dura y valiente, de otra madera. Una mujer muy especial. Hay muy pocas de esas”.

AUTOR DEL RELATO: Gonzalo M.Carrasco Lara. 

sábado, 22 de diciembre de 2012

FELICITACIÓN

Mercedes García Llano, una de aquellas participantes del concurso de relatos de allá del mes de mayo, os desea a todos los miembros, amigos, colaboradores y simpatizantes de la Asociación de Náufragos de la Mar una Feliz Navidad y también un Año Nuevo lleno, por lo menos, de ilusiones y fuerzas para poder llevarlas a cabo.
Un saludo cariñoso, a todos vosotros de los que guardo un recuerdo muy grato, por el respeto que me habéis ofrecido a mí y a mi relato. Sé que el mar, de alguna forma, sigue sigiloso, acercándonos. 
Gracias.
Mercedes nos ha enviado esta felicitación y hemos pensado que la mejor forma de hacerla llegar a todos es publicandola en nuestro blog.
Muchas gracias, Mercedes y nuestros mejores deseos para ti también.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

LA MANCA

Hoy “la manca”, sentada en un banco del muelle, cierra los ojos mientras el sol se posa sobre su curtida piel y visualiza la imagen de sus antepasados recibiendo aquellas traineras llenas de pescado.
 
Recuerda duros momentos vividos en ese mismo lugar; como cuando su madre supo que su querido esposo no volvería mas. Días de algarabía y fiesta en torno a la imagen de la virgen del Carmen. Cientos de escenas, de personas, de detalles que la hacen sonreír o entristecerse de igual manera. No obstante sigue recordando y, busca y rebusca más en su memoria, repasando con agrado desordenados pensamientos que asoman.
Ahora ya era mayor. La vida y las condiciones en las que trabajó desde niña, habían hecho mella y poco a poco minaron problemas de salud que solventaba como podía.
Sus huesos estaban resentidos y frágiles, “la manca” siempre fue una mujer trabajadora y fuerte y eso al final, se paga.
El apodo la venía dado por su bisabuelo; un pescador experimentado en la mar pero carente de artes de lucha lo cual, le hizo perder su mano izquierda en una reyerta.
Ese suceso le proporcionó el sobrenombre y Antonia, que así se llamaba pero, en escasas ocasiones, escuchaba su nombre en boca alguna, para todos y desde siempre fue “la manca”.
Los largos, húmedos y fríos inviernos del Cantábrico, habían calado en ella, y los años no pasaron en balde, la mujer fue perdiendo agilidad en sus manos, donde la imagen de unos dedos totalmente anómalos producto de la artrosis, no la permitían desarrollar su trabajo de redera con la misma agilidad y destreza que cuando era joven. Este trabajo desempeñado durante más de treinta años, había entumeciendo y deformado sus dedos. Además, su espalda dolorida por la posición adoptada tanto tiempo, acompañada de la humedad constante que la cercanía del mar proporcionaba, no permitió a “la manca” seguir sentada sobre el suelo soportando diariamente las pesadas redes sobre sus piernas en tal postura, que a medida que la jornada transcurría, encorvaba su columna. El gesto monótono y repetitivo de acercarse la red hasta sus manos y pasar la larga aguja con hilo entre las mallas de ambos extremos de la rotura, era un trabajo para el que muy a su pesar dejó de estar capacitada.
 
Pero esa dura faena, la proporcionó libertad. El salario era variable, ya que dependía del rendimiento pero, aún siendo escaso, sirvió para ir comiendo. El horario no estaba sujeto lo cual, la permitía desarrollar otras labores.
 
Tuvo que dejar de coser redes pero nunca de trabajar, y así de un día para otro “la manca” optó por la venta de pescado ambulante.
 
Cada mañana el mismo ritual. A las puertas de la Almotacenía, después de escoger el género, enroscaba su pañuelo haciendo con él una especie de almohadilla y le colocaba en lo alto de su cabeza; luego, cogía el carpancho del suelo con ambas manos y lo posaba en su rodilla derecha un instante mientras cambiaba la posición de sus manos; a continuación y de una sola vez, le subía a su cabeza dejando libres ambos brazos que “en jarras” colocaba sobre sus abultadas caderas. Soportaba aún con bravura el peso del pescado sobre su testa y recorría las calles de la ciudad ofreciendo a voz en grito su género: -¡Abajar, abajar….Lirios, sardinucas, bocartes, jargos ¡todo fresco!, ¡recién pescao! ¡Venga niñuca que lo tengo del día! - Repetía incesantemente con voz alta, cantarina y risueña mientras recorría los barrios de su ciudad. Así día tras día, enfundada en su falda azul añil de grandes bolsillo, el pañuelo en pico sobre los hombros y sus alpargatas negras, la mujer había conseguido sacar a sus hijos adelante ya que su marido, se embarcó años atrás en un pesquero que hizo escala en el puerto de Santander, y nunca más supo de él.
 
Lipe, su esposo, con la excusa de que el jornal que le ofrecían era tres veces mayor al que tenía en ese momento, le planteó un buen día a “la manca”, que iba a embarcarse. Antonia se quedó con cuatro chiquillos casi recién paríos–como ella solía decir-, pero la sobraban arrobas para tirar de ese carro, y nada ni nadie se la ponían por delante. Defendía lo suyo con bravura, dignidad y fuerza, todo ello a golpe de zapatilla y de puerta en puerta porque ella, además de redera y pescadera, durante mucho tiempo se dedicó al estraperlo. Los años difíciles de la posguerra, el incendio de la ciudad, el abandono de su marido y la escasez de recursos y alimentos, la obligaron a buscarse la vida más allá de esas ocupaciones mencionadas y durante un tiempo y a pesar de correr el riesgo de ser pillada; por las noches, se arrimaba a los barcos y se procuraba cualquier tipo de mercancía que pudiera ser vendible.
Para evitar que la gente se enterase, ya que era muy conocida en la capital, se subía a primera hora en un tren y se acercaba por los pueblos de la provincia donde ya era esperada. Solía vender sus productos a otras mujeres, y éstas a su vez, lo revendían en poblaciones aún más alejadas. Aquello no le llevaba mucho tiempo y la reportaba una parte importante de los ingresos que tenía. También la permitía disponer de alimentos que a modo de pago, le hacían en los pueblos, ya, que además de la mercancía propia para el estraperlo, “la manca” solía realizar algún que otro “mandao” en la ciudad, lo que los ganaderos y agricultores agradecían con todo tipo de productos; huevos, leche, carne, gallinas, tomates, verduras etc. De vuelta a la ciudad, la mujer trapicheaba de nuevo con ello y ofrecía aquellos géneros obtenidos por sus servicios, a sus vecinos del barrio dejándoselos a buen precio.

Una superviviente nata era “la manca”, su carácter forjado en parte a fuerza de palos que la vida la fue dando, la obligó a buscarse la vida de la mejor manera que sabía. Trabajando duro de la mañana a la noche, siete días a la semana. Ahora podía abrir los ojos y sonreír frente a su bahía porque, para ella la vida; su vida, había merecido la pena. 

Autora del relato:  CONCHI REVUELTA SAN JULIAN

sábado, 27 de octubre de 2012

RECORDANDO

 


    
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Virginia era la mayor de cinco hermanos de una familia humilde. Su adolescencia, había sido

bastante dura, pues en tiempos de posguerra y hambre, su madre le mando junto con su hermano

menor a Francia. Fue muy doloroso para ellos dejar a toda su familia y dirigirse a un país

desconocido donde no sabían como hablarles ya que ignoraban su idioma.


Ya han pasado los años y está casada con Alberto, un joven guapo del que se enamoró perdidamente

Era el quinto de siete hermanos, de una familia bastante acomodada para la época. No aprobaban

su noviazgo, pero era tan grande su amor,que nada ni nadie pudo separarlos, casándose al fin.

Trabajaba de maestro de alfarería en una empresa, pero los hijos iban llegando y las necesidades

con ellos. Por eso se enroló en un barco de carga, para que su familia pudiera tener una vida mejor.


Los días iban sucediéndose, uno tras otro, sin que Virginia saliera de su casa, esperando a su

marido mientras él iba navegando por esos mares. No se aburría, pues los cuidados que sus cinco

hijas requerían, la llevaban todo el día. Además eran tiempos difíciles llenos de necesidades, donde

los vestidos pasaban de unas a otras y los abrigos cuando se estropeaban se les daba la vuelta.

Tenía un vestido nuevo para ir a misa los domingos y el resto de la semana se ponían otros más

usados. Por eso cuando tenia un rato libre, aprovechaba hacerles algún arreglo con su maquina de

coser o les tejía algún jersey para los fríos días del invierno.


Las ausencias de su marido eran bastante largas, entre siete y ocho meses, de ahí que nunca

estuviera presente en los nacimientos y comuniones de sus hijas.


Ella era muy alegre y ejercía de padre y madre a la vez, pero el no tener con ella a su marido y criar

sola a sus hijas en ocasiones, la sumía en una profunda tristeza, atravesando periodos de gran

depresión.

En los acontecimientos familiares, como una boda o un bautizo, ella siempre acudía sola pareciendo


una viuda.

Alberto, por su parte, también le costaba mucho dejarlas solas tantos meses, pero así era la vida en

la mar . Mientras miraba el horizonte, se imaginaba en casa con sus hijas y en las noches, soñaba

con besar a su querida esposa.


De sus hijas, Carmen la mayor, bordaba y ayudaba en la tareas de la casa. Tenia una voz preciosa al

igual que su mujer y Ángeles su segunda hija; esta , trabajaba de dependienta en una tienda de

textil. Todos los días madrugaba para coger el pan tierno en la panadería y desayunar antes de su

jornada de trabajo. Su sueldo era una gran ayuda para los gastos de la casa.

Cuando se subía por las escaleras se las oía cantar, mientras escuchaban la radio y las vecinas se

paraban para escucharlas.


Mientras tanto, las tres pequeñas, Susana, Pilar y Mª del Mar iban al colegio.

Su madre les había pintado con esmalte de uñas, sus nombres en unos vasos , donde tomaban la

leche en polvo que les daban en el recreo.


Así pasaban los días, solo cambiaba la rutina si, en alguna ocasión el barco venia a reparar a España

y permanecía unos días en puerto. Entonces Virginia dejaba a sus hijas con los abuelos maternos e

iba a pasar unos días con su marido. Viviendo en el camarote del barco .

Todos la querían y aprovechaban su estancia para que les cosiera algún botón o les zurciera la ropa

vieja de trabajo.

Durante ese tiempo mandaba a sus hijas postales expresándoles lo feliz que era y pidiéndoles que

se portaran bien con sus abuelos.

Estas, no veían demasiado a su padre, pero su madre se ocupaba de inculcarles su amor y respeto.

Lo veneraban, era como un ser sobrenatural para ellas.

Cuando pasaba temporadas en casa, era como si de una fiesta se tratara.

Aprovechaba para reparar alguna avería de la casa y sus hijas a no dejarle solo un momento:

Parecían lapas pegadas a él. Jugaban al escondite y eran tan inocentes, que , él las escondía y las

buscaba a la vez,aprovechando muchas veces este momento , para ir a visitar a sus padres que

vivían a pocos metros de su casa. Sus hijas, al darse cuenta de que no las encontraba, salían y eran

ellas las que lo buscaban.


Sentadas en sus rodillas las contaba aventuras vividas en sus viajes, como uno que hizo a Egipto

y las describía como eran las pirámides, mientras escuchaban boquiabiertas.

En otras ocasiones, les contaba como en alguna travesía iban acompañados por decenas de delfines

a los que daban de comer desde el barco.

Sentían admiración por aquella persona que era su padre y a quien tanto querían.

Otras tardes tocaba la armónica y todas bailaban al son de su música.

De sus viajes les traía regalos muy novedosos como los primeros muñecos de goma, collares,

pulseras,o juguetes que se movían si les dabas cuerda.

¡Sentían admiración por aquella persona que era su padre y a quien tanto querían.


Eran en el pueblo la envidia de las niñas de su edad. Formando una familia que sin tener lujos

vivían en un mundo lleno de felicidad.


Un día que el barco iba de la Coruña a Vigo, para hacer unas reparaciones, Virginia decidió, con el

permiso del capitán, acompañar a su marido unos días y hacer el viaje junto con otras mujeres de

los marineros .Se trataba de un viaje corto y sin peligro .

Se despidió de sus hijas con ilusión , sin saber que ese beso de despedida seria el último que les

daba.

Partieron del puerto con el mar en calma y el cielo azul. Pero a las tres horas empezó a entrar una

niebla densa, que hizo presagiar los peores augurios.

Esa fatídica noche, Virginia y Alberto hicieron su último viaje, pues el barco choco con otro y en

pocos minutos se hundió, quedando los dos para siempre en el pecio, en las profundidades del mar,


junto a una parte de la tripulación.

Mientras tanto en casa, amanecieron como todos los días: las pequeñas al colegio, Angeles a

trabajar y la mayor a realizar las labores de la casa y a bordar.

Al regresar las pequeñas del colegio, observaron con extrañeza ,como todas las vecinas del

pueblo, reunidas en corrillos, las miraban . En su casa estaban sus tíos y primos reunidos. Las

mandaron a casa de los abuelos maternos, donde a duras penas, podían disimular tan trágica

perdida.


La noticia se la comunicaron a la hija mayor, por ser la que se encontraba en la casa. Los gritos de

desesperación se oían desde la calle. A Ángeles fueron a buscarla a su trabajo para darle la triste

noticia, descomponiéndose por completo y sin consuelo ninguno.

Las pequeñas fueron las últimas en saberlo, no llegando a comprender, que no volverían a ver a sus

padres nunca más.

Cada día esperaban que entraran por la puerta, pero con el tiempo se dejaron mecer por la ausencia ,

entendiendo que esto, ya nunca más sucedería .


Desde entonces tienen el alma rota de pena y tristeza y no hay un solo día que no los recuerden y

añoren un beso suyo.

Por eso el mar es tan importante para ellas y le ofrecen flores , pues en el descansa una parte de sus

vidas y su pasado.

"AUTORA DEL RELATO":
 MILAGROS PEREDA MUÑOZ